La cuerda sana y la cuerda rota

El violinista sin tejado arrasaba con las remeras de Disney de los turistas al borde de la casa de los Frank. Todos dejaban caer sus “aún” sobre las venas que le sobresalían de la sien mientras las cuerdas controlaban el sudor de un entorno depravado que esperaba limpiar su alma antes de la paliza de la historia.

Mozart, Beethoven, Wagner, Verdi y Bach se entrecruzaban en el campo de lo posible para dirigirse a la necesidad de la herencia, al refugio que brindan los conciertos privados a los tipos que no mastican un cartón de ácido por miedo a ver murciélagos saborizando panchos.

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De la curiosidad a la atención, de la atención a la admiración, de la admiración al sacrificio de la botella de cerveza helada y etiqueta mojada por unos cuantos euros. De a poco la fila se transformó en una hilera de hombres ofertando por un auto usado. La gente dejó de contemplarlo como un regalo del medio ambiente para exigirle desde el mecenazgo. El viejo patrocinio que los poderosos derramaban sobre los prodigios para convertir su determinismo en capilla volvía al centro de Amsterdam. Una horda de prismáticos llovían desde todas las direcciones para exigirle Praga a un muchacho de 20 años, con jeans rotos y zapatillas de lona. Subsidiar los buenos momentos es robarles el alma.

Minutos despúes que los aficionados no entendiesen como el joven no podía tocar 3 sinfonías a la vez, el músico se detuvo y comenzó a insultar a las cuerdas. Al parecer, la imagen de sus héroes lo habían lisiado. La falla, estrepitosa, dejó la musicalidad rota y la calle se convirtió por primera vez en un respetuoso auditorio de ópera.

Allí fue donde un ex periodista mal dormido se acercó, vació su billetera y le susurró al oído: “otra, o como mierda se diga”. Cuando el tipo se alejó por los adoquines, el músico entendió que alguien estaba recompensando lo trágico, que es en la fatalidad en donde todo se allana porque en la contemplación del éxito nadie moquea, que el relieve del hombre se forma a partir de sus debilidades.

El artista se completó cuando rompió la cuerda, esa fue su propia vanguardia. Se asentó en su propia pose, en su propio rato, ahí donde los covers no llegan y los prodigios hacen agua. Los que se detienen en lo peor de los otros pensando que el yerro está más cerca del infierno que la virtud, son los que tienen a todos sus personajes encerrados en las detonaciones que nadie aplaude.

 

Facundo Pedrini

Licencia Creative Commons
La cuerda sana y la cuerda rota por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://luzdepatio.wordpress.com/.

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