Los que llegan tarde a propósito

La alarma suena por tercera vez, los gritos de algún carburador descompuesto invaden toda la habitación mientras la imagen del predicador portugués persiste en la TV. El miedo a ser vencido por un cielo de puntuales hoy absorbido por el cubrecamas de media estación que funciona como una suerte de capa que lo preserva vaquero. Elude las estufas que van directo a su cara, manosea el picaporte y deambula hacia el baño en lo que será la caminata más larga del día. Los ojos no quieren democracia, las ojeras van más allá de la diabetes y los pies tocan cielo lunar.

Despúes de la primera puerta, es un oso de tocador. El agua caliente es ideal cuando no pasa nada. Por eso llena la bañadera de cosas que lo conviertan en un hombre fliper que necesita de la mansión de los Adams para justificar su ruido: un despertador descompuesto, una pasta de dientes vencida, un cepillo dominado por el sarro y un par de jabones con olor que heredo del inquilino anterior.

Llegar tarde es una manera de sentirse silvestre, por eso festeja cada semáforo en rojo rozando el cuello de su camisa como si fuera el billete ganador de lotería.

Despabilarse después del mundo es convertir un campo de concentración en una hilera de playmobil inofensivos: los taxistas parecen Sarstre, los colectiveros capitanes de navios históricos, los cortes de calles son un guernica en potencia y los vendedores de franelas son los mejores testaferros de occidente.

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Todos los días llega a una hora distinta para no reiterarse. Sus compañeros lo miran con una mezcla de indignación y culto, conspirando como romanos cada vez que él ostenta sus lagañas pero sonriendo ante la frescura del tipo que se sabe necesario. No pueden culparlo por no ser él en las horas pico. ¿Si Dios ayuda a los que madrugan, quién protege a los que se acuestan tarde?

Al volver observa a los tipos que suben corriendo las escalera mecánica que siempre marchan igual y espera que caiga el último topo. Mira las calles previas dejándose pasar por los peatones solo para verles la nuca y vivir en el lugar donde las personas solo se ponen perfume.

Los fines de semana, camina contando colillas de cigarrillos y papeles de alfajores y se divierte al pensar que solo el día de los enamorados puede salvar al mundo del cancer.

Visita 4 o 5 bares todos los días, sentándose al lado del matafuego porque es el lugar al que le huyen los prostáticos, los abogados que preparan divorcios y los troskistas que quieren salvar al mundo. A veces se siente parte de una forma extraña de gas que por alguna extraña razón fue virus y no vacuna, y no entiende porque la gente pide la cuenta antes de colocar el hielo.

A veces se acuesta mirando la cama del al lado en un hospital público, otras veces resbala en timbres aceitosos mientras alguien orina el videoclub que ahora es polleria, en ocasiones visita boliches que cerraron y observa con admiración los letreros de locales abandonados, pero nunca pierde la esencia de vivir persiguiendo el olor a nuevo de un paquete de figuritas.

Piensa en ese brillo púrpura que convence de intentarlo todo y así convierte cada salida de emergencia en un buen lugar para hacer el amor, cada barbijo desarmado en una servilleta de papel lista para anotar un número de teléfono y cada rato con ella en una incubadora con constitución propia.

 

Facundo Pedrini

Licencia Creative Commons
Los que llegan tarde a propósito por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://luzdepatio.wordpress.com/.

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