El sacramento de memoria

Pascua es esa chiquita de 5 años que mientras come helado de agua en el fondo de su casa, decide sacarte los lentes culo de botella que pegaste con cinta de embalar cuando salís a fumar.
No solo es un tiempo de reencuentro en Cristo, sino un buen lugar para bajar las sillas montadas sobre la mesa y abrir el bar creyendo que el primer cliente saludará antes de robar el diario de la barra.

Es momento para refrescarse la nuca en la canilla de la iglesia sin pensar en el cuello de la camisa, para observar lo imposible desde la esquina del lavarrap y volverlo una cubetera a la que solo le faltan 30 segundos, para salir con la cabeza mojada a buscar ese ángel de las mil toallas que cura el sudor frio, para dejar por un rato los obituarios y acariciar los malvones de los balcones que se desperezan con los primeros ruidos de la mañana, para armar la valija y buscar el olor a tierra mojada que dejamos cuando llegó el progreso, para que haya mas plegarias que hermanos que no se llaman y más velas encendidas que reproches de portarretrato, para abrazarse con los nuestros a la altura del alma (esa pequeña cavidad que se hospeda detrás de los ojos) y fundirse en el lugar donde cae el primer sacramento.

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Pero también sirve para perdonarnos las moralejas que no seguimos, para exterminar ese tono de penitencia que cuelga del microondas como un impuesto impago, para limpiar las telarañas que usurparon las paredes pastel, para terminar con ese olor a naftalina que vive de las charlas en donde no hay nada más para decir y para no agujerearse al pedo buscando un presagio de bien cuando lo único que importa es que los jarrones de mate cocido sigan reconociéndose vivos, con ganas de más saquitos.
Hace poco alguien me dijo “siempre te salvan las cruces”, es cierto. Las toco en las sombras de las manos de los ancianos, corriendo por la avenida sin motivo, enterrando los palitos en los charcos de mitad de cuadra para sentir otro tipo de fondo o apretándome las muñecas en busca de esa décima que mamá me enseñó a rezar.

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Repaso en fila cada Ave María, Padre Nuestro y Gloria, de memoria y como manda la biblia. A veces creo que ese cordón de oración es indivisible y puede abrazarnos a todos: a los que vuelven porque no dan más y a los que están posando para la foto del pasaporte, a los que comen mierda y a los que se quejan por la salsa, a los que desayunan tomografías y a los que esperan una carta, a las señoras que usan pantalones, son licenciadas en algo pero sueñan con cocinar ravioles y a las que nunca salieron del barrio pero sostienen a la familia con 6 brazos, a los que se están muriendo preguntándose por qué la vida y al chico a punto de subirse al triciclo para alcanzar eso que se mueve detrás del árbol y lo llama.

Facundo Pedrini

Licencia Creative Commons
El sacramento de la memoria por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://luzdepatio.wordpress.com.

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