La última hoja

La agenda de mi abuela tiene una hoja. UNA. Fina, con olor a naftalina y los bordes garabateados por birómenes que solo dibujaron rayones. Forrada en papel araña azul con un contac sin grumitos. La guarda desde hace años en el primer cajón de la mesita de luz rodeada de pastillas por las dudas, una cajita musical que ya no abre porque las tapas siempre son de la falta y un par de pañuelos de tela que lava a diario aunque nadie los use.

Pero a veces la saca.

No se si la conserva porque la escribió su hija y eso la convierte en su último boletín o porque jamás se animó a conocer más nombres, pero esa hoja (agarrada a una solapa escuálida con 2 clicks improvisados) solo tiene anotados 10 números de teléfono: solo 10. La primera es su cuñada que también es la vecina de al lado, que tambien es su mejor medianera, que tambien es “que se le va a hacer” favorito; tiene el teléfono de Víctor Cristiano, el médico cabecera de la familia, que además fue el partero de su dos hijos; a Tapia, el viejo que tiraba el cuerito para sacar el empacho llevándose consigo algunas vértebras y le aplicaba las inyecciones a las nalgas del barrio; la tiene a Yoli, la enfermera del nono que ahora es su confidente vespertina y a quién llama para que la acompañe a cobrar la jubilación; el nextel de su hijo Daniel que casi siempre esta sin señal; el celular de sus nietos; el teléfono sin el 4 de Julio, un albañil casi retirado que llamaba a todas las mujeres Maria, y el de Rita, su mejor amiga que no ve ni llama desde el 2003.
10 números de teléfono. Solo 10.

Mi abuela hace de la perdida una decisión demográfica. “Llamas a los mismos, te llaman los mismos. Nadie entra y solo salen los muertos”, pensaba mientras ella se frotaba los lentes con una carilina y se dirigía a buscar imanes de remiseria a la heladera (números que por alguna razón afectiva no entraron al grupo de los 10). Me parecía lógico que después de cierta edad los teléfonos sean siempre los mismos y que el mundo se reduzca a lo que sucede entre el delantal colgado y el cajón de las velas. “Ponerse los patines, mirar los marcos y despoblarse” ¿qué otra cosa puede pretender alguien que amó en pasado perfecto?

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Y fue mientras esperábamos el remis y la nona abria el mueble para servirse una copita de anis (de esas botellas de las que nadie toma pero se reponen cada 30 días) donde descubrí que más allá de los crucifijos que alguien le trajo de Roma, de la virgen de Lujan debajo de la escalera, de las medallas del Padre Ignacio, de la ilusión del bidón bendito y las estampitas que besó hasta el hartazgo cuando no había mucho más, LO ÚNICO SAGRADO DE LA CASA ES LA HOJA. ESA HOJA. Cada uno de esos 10 números constituye un mandamiento encubierto, la santificación de los nuestros, el “cuídemelo” al remisero, lo que está afuera de esa lista es falso testimonio y son esos dígitos los que entre roscas de pascua y canelones caseros la salvan del ábaco que solo suma antidepresivos. No es el cielo posible, pero es el cielo que sucede, al menos, hasta que llegue el cartero con el último número.

Facundo Pedrini
Licencia Creative Commons
La última hoja por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://luzdepatio.wordpress.com.

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