El oso de abajo

El anhelo es una decisión cartógrafica. Algo que el hombre de la tarima más alta otorga sin complacer el dónde y el cómo. El hombre resuelve a partir de sus posibilidades y no de sus dones, sus pasiones chapotearan dentro de un suero para momias de free shop si el mapa no les tiene compasión. Solo hay lugar para que 3 genios cubran los espacios que dejó libre para el espíritu santo, el resto se tiene que perder en oficinas de asuntos internos, departamentos de cobranzas, doble turnos de call centers y aventuras textiles. Con suerte, engrosaran las filas de los NADIES que pudieron vencer al resentimiento. Los que no llegan, esa gran mayoria que desde sus por qué sostiene la reputación de la palabra misterio, están atrapados en una máquina de peluches de shopping en temporada de ébola, con ganchos de goma que le rozan las orejas pero los dejan donde están. Ahí. En el fondo, donde los lavacopas y los poetas empatan y se juntan para preguntarse “si la vida era solo esto” y donde lo único que se hace es esperar orándole a la gasolina o al número de la camisa feliz. Ahí en donde solo llegan las morisquetas de tipos que viven salteados, pero cuestionan el dolor del reicidente: ¿seguís haciendo lo mismo? ¿Ah, seguís ahí?

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Me pregunto qué carajo sabrán los hombres que se alimentan de las novedades de los tipos de abajo, esos que defienden una vocación invisible porque creen que es mucho más que una marca de galletitas dulces de media estación. Me pregunto qué es lo que buscan contando cuánto tiempo hace que el frustado hace esa misma actividad mientras relatan lo mágico que es vivir pisando rayuelas del afuera, si es ese afuera el que complota para que el mundo hoy no crea ni en sus propios cuentos.

Y no solo hay que sobrevivir a esas coqueterías endrocrinólogas, sino que a media tarde, cuando la injusticia de lo que hacés se convierte en una masa dispuesta a terminar con todas las capas que alguna vez dibujaste, llegan ellos, los que te indican que esperes, que la clave para un buen despúes es lustrar la base de la copa, rasquetear los ceniceros con dedicación, articular el corpiño para que te queden las tetas derechas, decir que sí, firmar en esa cruz y testificar la pena suficiente para ser un profesional de una actividad que ejercés por repetición. Para ellos, la lucidez no tiene nada que ver con el coraje. La historia enseña que los genios salen de las botellas cuando el esclavo las frota con todos sus nervios y no a partir de sus corazonadas resueltas o las ideas que vencen al hematoma. Las épocas en donde las preparatorias intuían que los únicos sueños que existen son los que alguien reclama, parecen haber terminado.

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Sí. También están los tipos que se van sin pagar aprovechando que una piba vomita sobre la máquina registradora, los que se colan en las boleterías fingiendo entre muletas, los que vuelcan su sueldo sobre las tetas de la prostituta de peluca naranja, fingen robo y las mujer les cree, los tipos que estan en el lugar indicado, en el momento indicado y pronuncian una vocal cuando los gallos de la riña se quedan mudos.

Ellos no son culpables por ganar más seguido que el resto ni por tener un zoológico privado, ni por deambular ante un mundo de Gativideo, son culpables por esparcir la vida a través de una rifa que reduce el pesar del hombre en lo que le pasó y en lo que no le pasó más allá de lo que hizo. Son los que se preocupan por el acné en la barbilla mientras se apoyan en una mirada de universo ortopédico. Los que parecen, los que chicanean la suerte del cuñado desocupado porque “no se sabe vender”. Los que abren el periódico y leen en voz alta paquetes de viajes en una sala de pacientes terminales, los que siempre encuentran la blusa o el sueter que valió tus ahorros a mitad de precio. Los que usan el mismo verbo para ser y estar porque solo pueden estar. Esos tipos, amantes de la superficie, son los primeros que caen cuando la máquina de osos rebalsa.

Los leprosos son los únicos que saben de lepra.

El oso que está más abajo es el que cuenta la historia (y el peor final).

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Facundo Pedrini
Licencia Creative Commons
El oso de abajo por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://luzdepatio.wordpress.com.

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