El cortejo 11

Once y la insoportable sensación de creer que podemos caer en un pozo ciego si buscamos desesperadamente un refugio. La plaza se vuelve un desquicio escenográfico: Prostitutas azules, negras y marrones corriendo la carrera de los jeanes ajustados, atadas a un viaje de supervivencia por tarifas del octavo mundo. La realidad cobra forma definitiva cuando las bestias desesperadas que perdieron hace tiempo la fe en si mismos, las terminan adoctrinando, para adorarlas como monstruos sagrados a 20 metros del otro tráfico.
Al lado, 3 pancheros inmutables atribuyéndose historias de grandes facones y ex cicatrices para soportar vivir bajo la lógica del cambio chico: Ellos no eligieron conformarse, simplemente no pudieron zafarse de los mecanismos de arrastre. Un vende boletos cada vez mas obsoleto por una tarjeta que todo lo paga y la falta de monedas, se acurruca detrás de una campera gruesa de invierno. El fue el héroe que soñó a los 8 años: Ha agilizado y demorado a miles de personas, a manejado los frenos del mundo porteño.

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Detrás de la fuente, lenguas bípedas de personas que solo vinieron al mundo para ser sospechosos y como si la única fuente de energía fuese la especulación fraudulenta observan el error que esta por venir: Hambrientos chatarreros que habitan en los carteras apuradas y en los bolsillos a punto de perder el presentismo.

Un puñado de oradores que entendieron la luz al final del túnel, lo comunican por megáfono y a las palomas. Nadie se acerca sin caer en la tentación de la carcajada avanzando sobre un lugar sin prójimo. No hay muchos hoy que quieran contar las cosas mas duras por eso Esquilo no se equivocaba cuando decía: “El cielo no se digna preocuparse de los mortales que pisotean la gracia de las cosas sagradas”
Una constelación de manteros en una vereda encorsetada manda al carajo a la verdad y cree que nada es real excepto lo que venden. Les hacen falta muy pocos dolores, los rodean virus que para cualquier hipocondríaco serían mortales. Un tipo que oferta pilas con la misma determinación que alguien que vende carteras importadas merece la misma consideración aunque no sea el favorito de AFIP, porque mucho más allá del sentido de justicia, habita la senda del condenado desde y para siempre.

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Diamantes de sangre en forma de imitación salen de las valijas desprendidas de algunos nigerianos. Es curioso, son los más educados del lugar. Como si el conocimiento fuese, a veces, lo que te hace perder el respeto por las cosas, como si formar parte de todo sea el aderezo siniestro para volverlo un boceto. Un niño de 11 años, saca una bolsa de poxiran y la hace suya con un beso frente al reflejo lunar mientras el resto de sus hermanos revisa los bordes de las bocacalles buscando la pintura descascarada de alguna estatua pasada de moda para convertirla en algo cortante. Dificilmente los hijos de sus hijos tengan alguna opción.
En un país especialista en buscar culpables, el barrio no resolvió ninguna de sus tragedias, no atravesó ninguno de sus duelos y se sigue velando a cajón cerrado por miedo a que alguien perciba que su autopsia es más grande que su cuerpo.

Facundo Pedrini
Licencia Creative Commons
El cortejo 11 por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://luzdepatio.wordpress.com.

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