Ley seca

Para muchos el bar de José era un parlamento en el que los alegres no podían opinar. Los optimistas eran recibidos como tipos a los que todavía no les habia llegado la hora de lo irreversible, la curva final en donde todo es terrible. Abierto las 24 horas tenía un dueño judío lleno de vigilia, una mujer que era un suero de vinagre, y un tucumano que no era tucumano. El negocio era un apéndice más de un canal con olor a diagnóstico y pacientes con forma de periodistas, que pasó de domar leones a masticar hostias vencidas.

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Pero también el bar era un lugar ideal para recordar la edad de oro. Ese momento en donde las comisarias llamaban para saber donde dirigir las esposas y la competencia se arrodillaba en maíz con un cuaderno “Gloria” en la mano: Todos copiaban al gallego y su tractor de sangre y primicias hasta que llegó el paso del tiempo, y los cuadros con las mediciones de cable se dejaron de colgar. Ahí es donde José empataba su propia historia con la decadencia ajena: “Que va a ser, no queda otra”. La señal era su banqueta vacía con goma espuma rebosando en sus extremos.

Los ojos del hebreo tenían pesadillas privadas, detrás de las pitadas que ocultaba con el humo de la panchera para huir de las cámaras de seguridad del pasillo, se podía distinguir cómo los monstruos caían de sus ojos a los pocillos recién lavados y lo observaban desde la profundidad de sus cuentas pendientes.

José no fue generador de caracteres, ni director, ni coordinador, ni sonidista, ni cameraman, ni redactor, ni productor ni operador de tape, pero conocía las internas, las penas, las fechas de las vacaciones, las acrobacias de los sectores para evitar los francos trabajados y el destino de los móviles mucho antes que el resto, en su fiambrera habitaban las historias que él no cubrió pero sabía de memoria.

Los teléfonos internos que lo llamaban y le anexaban tartas, milanesas, puchos, infusiones, gaseosas, mapas geopolíticos y hojas de calcar a los pedidos empezaron a marcar el 9 para llamar afuera, algunos compraron su propia pava, mientras agachaban la cabeza cuando el ruido de su bandeja se percibía en las esquinas. La carpeta llena de hojas Rivadavia cuadriculada con las cuentas encolumnadas de lo que iba del mes y en donde José resolvía sus problemas con la AFIP eran cada vez más delgadas, como José.

José cada vez tenia menos.

José cada vez vendía menos.

José estaba muriendo. Como su bar. Y de repente se despegaron unos stickers de la pared de las papas fritas, y de repente nadie cambio una de las lámparas dicroicas que se quemó dejando al mostrador en penumbra, y de repente a una de las banquetas se le rompió la pata.
Y no hubo repuesto, porque ya no habia resto.

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Una manaña de junio, una máquina de snacks e infusiones varias llegó al entrepiso y fue cortejada con honores de jefe de Estado. Todos admiraban su precisión, su falsa modestia, su capacidad para callar, su tacto para no devaluar, su rapidez inhumana, su fascinación por no entrometerse ni interpelar las caras de culo. Las tazas de José perdían la batalla contra los vasos de plástico y a todo el mundo le cerraba la novedad, nadie se detiene en las pre-cuelas de su vida cuando cambia el DVD.

José murió en agosto.
Su bar cerró tres meses después.
Hoy, la gente maldice los billetes que la máquina traga y no devuelve porque falta cambio.
Lo que fueron ahora es ley seca.

Facundo Pedrini
Licencia Creative Commons
Ley seca por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://luzdepatio.wordpress.com.

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