El compañero de brisca

Hacía muchos años que el nono Sergio se estaba por morir. Durante varios años, todos preguntaban por mi abuelo con temor a escuchar la noticia fatal y ahí estaba, viviendo, mientras todos morían a su alrededor.

La familia rodeaba la habitación con seudónimos de Dios para demostrar que ahí no estaba la muerte, solo así se entiende la esperanza que disolvían sobre una persona encerrada en un diagnóstico. 3 cables. 3 agonías diferentes. La primera viajaba por la sonda del suero e hidrataba un cuerpo que habita en el no milagro. La segunda, llena de “ensure”, robustecía a alguien que no necesita ser fuerte; necesita ser libre. La tercera, morfina líquida para calmar las muecas que ya no respondían al mejor recuerdo.

Lo aspiraban cada dos horas para extraerle agua de los pulmones, lo daban vuelta para evitar la flema repentina, le trompeaban una y otra vez el pecho para que el marcapasos haga lo suyo, le ajustaban fuerte el pañal, le abrían los ojos y los llenaban de luz de patrullero. Querían que siga, que dure, que permanezca, que esquive al calendario y llegue más lejos, un día más, para ser testigo de anécdotas que hace muchos años dejó de narrar.

La muerte es eso que pasa cuando la banqueta no es todo lo nuestra que debería ser.
nonovale

Mientras la chica de seguridad retiraba los familiares de las habitaciones para que la muerte llegue sin tantos testigos, pensaba que las invenciones hospitalarias solo inyectan tiempo, no vida, malogran nuestra biografía, nos hacen creer que las cosas se realizan cuando se rompen y que la calidad solo llega al final, desde una salita con aire acondicionado y vista a un jardín artificial. Ahí es donde el dolor se tapa con resistencia, ahí es donde el final se vuelve elástico.

Y de repente la camilla se convirtió en una mesa , los familiares en mozos viejos y las cortinas que soportaban los petardos del sol en vientos del barco que lo trajo a suelo argentino. Todos bien pegados, empezaron a una partida de brisca para ganarse la cena. Corrieron el desfribilador para que entre uno más, tiraron las galletitas con gusto a boleta electrónica y un par de aguas saborizadas calientes para que la baraja no se frene. A los 6 jugadores los rodeaba una pequeña valla de contención invisible que no dejaba pasar a la muerte antes de la última mano. Perdió el cocinero, perdió el contramaestre, perdió el compañero de cucheta, y perdí yo. Solo quedaron el nono y la nona como extraños que coqueteaban con muecas en medio de valijas de cuero a las que todavía les faltaba un puerto. Antes de mostrar los anchos hubo un piquito, tímido, medido, prudente, con gusto a boda, que indicaba que el ganador elegiría los nombres de los hijos. El primero Daniel, la segunda Liliana Maria.

Cuando alguien dijo tierra, la tripulación se convirtió en su familia y el nono nos invitó a todos dormir la siesta en la cama grande, con almohadas kilométricas y bolsa de agua caliente en los pies. Ahí, las cruces de los que no escarmientan de lo terrible y los silencios de los que comprobaron que el cielo es un accidente cerebrovascular se reconcilian en los ojos más buenos del mundo.

El nono repasa las 50 cartas, las mezcla y deja el mazo en la mesita de luz.

EL GANÓ LA BRISCA. EL GANÓ LA PARTIDA.

Facundo Pedrini

Licencia Creative Commons
El compañero de brisca por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

La misma letra

El correr de los años no siempre deposita al hombre en la serenidad del pueblo de montaña que espera la lluvia para que pase algo; a veces lo entierra en el show de la banda que escucha siempre y aprende de la repetición del mismo sonido. El pibe que creía que Dios era digital y sumaba vallas sin oxígeno para coquetear con la internación escuchaba los mismos temas que el guardavidas enyesado en temporada de pirañas que hoy observa al grupo como si fuera un cuadro de Rembrandt.
La historia de la recepción está ligada a las derrotas personales: hasta los 17 el escenario es el único ascensor posible, la banda convence de intentarlo todo y una lista que crea lazo entre el talento y el agite. Son tiempos donde la fidelidad rutera está por encima de la capacidad de apreciación. Entre el público, hay pequeños polizontes oculares que inspeccionan que el pibe que va a verlos por primera vez no forme parte de los privilegios de “los mismos de siempre”. También existe la mezquindad de reivindicar el progreso de la banda a partir de la propia historia: asistir en un mismo fin de semana a un show en Temperley y otro en Moreno da lugar a una jactancia de hijo único con ropa nueva por encima de los tipos que solo concurren cuando el grupo llega a su ciudad.
A los 24 se pasa al segundo tercio en donde el hombre se llena de verrugas y habla con solemnidad de sofista. Son tipos más cerca de las columnas que de los que saltan y levantan los brazos, el pogo ya no les genera romance alguno y el roce es esa molestia que martilla el trance entre el artista y la propia historia. Las barricadas en los estribillos son una actividad de salvajes, un ritual que mezcla de capoeira y epilepsia de principiante. Sin importar la dimensión de las curvas, no se suben mujeres extrañas más de un tema (ni siquiera si tienen jardinero). La vejiga no espera que pase el tema favorito y se puede huir de la pista en cualquier momento. Se abandona el lugar antes del último tema para encontrar taxi y no salir con la multitud.
Después de los 30 los recitales son anuales, se intenta sacar las entradas mucho antes que salgan a la venta, se recoleta material de la banda en soportes que ya caducaron hace rato. Con varios días de anticipación, se vacía al ropero para que entre las naftalinas y la ropa de soltero salga la estética más rockera posible para que todo termine en una camisa de jean abierta con una remera de “Santana” quemada con cigarrillo del siglo pasado. El ingreso al lugar es el de un extraterrestre que saliva baba blanca porque no entiende la palabra gol. Cada movimiento corporal se planifica como el robo al Banco Río. Algunos elongan.
El sábado el grupo volvió a tocar. Como todos los recitales en Haedo, los sonidos fluyen sobre los boliches que cerraron, el local que no funcionó, el videoclub que ahora es una polleria, la sociedad de fomento que se mantiene en pie por los mates amargos de gente en tiempo de descuento. Los galpones en zona oeste se convierten en auditorios ocasionales, los tablones de madera hacen de guardaropas y un par de guirnaldas viejas perdidas de la última entrega de trofeos a los chicos de la categoría 99 son la escenografía que ilustra la presentación.
Todo el tiempo vamos a ver a la misma banda. Las portadas de los discos tienen la cara de las ginebras que dejamos abajo de la cama para ganarnos el favor de los monstruos, de las erecciones que terminaron en erecciones, de las novias que se convirtieron en diabetes, de los laburos que se convirtieron en chacales de todos nuestros credos y de las cifras que asesinaron al niño interno contra el ábaco pero en todas las vidas siempre suena el mismo grupo porque peor que la repetición es no saber la letra.

Facundo Pedrini

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La misma letra por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

El lavarrap de Rita

El lavarrap de la calle San José 368 en Monserrat es de la señora Rita, una viuda con olor a camarines de teatro cerrado que siempre esta con el mismo suéter y cambia el color de pelo cada 2 meses. El lugar se llama Wash, lo promociona con imanes de teléfono a los que les falta el 4 porque son de un stock que quedó de la época de Entel. Tiene 2 lavarropas que funcionan a la velocidad de los torturadores que saben que termina la guerra.
El lugar está decorado con columnas de canasto con ropa oscura que tapan la humedad de las paredes y el vapor que sale detrás de los equipos. En el piso, hay un par de bolsas de consorcio con tickets con cifras demenciales en concepto de “valets”. En mi cuenta, un juego de sábanas con restos de un vino que se picó en 2009, un par de camisas, unos jeans viejos y una bata amarilla que heredé de mi mal gusto redondearon $620. Nadie denuncia sobreprecios porque es la única lavandería del barrio: Monserrat es un barrio que se repite cada 100 metros, pero que tiene un solo monopolio: el local de la vieja.
Después del espasmo, crucé a un café sin nombre para descubrir que el precio de recaudar lo que a la AFIP le lleva un semestre era el encierro. Rita solo sale del local para votar. Convive de lunes a lunes con el ruido del tambor de los lavarropas que trituran la ropa del mismo color con la determinación de un Orco, se edificó una piecita arriba del secarropa para abrir más rápido y cerrar más tarde y hace varios años que tiró el letrero: “enseguida vuelvo”. No hay empleadas a cargo porque con testigos no tiene gracia. Ella sola contra todas las cacerías del barrio.

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La única manera de salir al mundo es oliendo prendas. Conoce lo que está fuera de la carta desde lo que la gente ya no se pone pero también desde lo que no se anima a lavar: La socióloga recién recibida que se guarda para el matrimonio es una prostituta del whisky que no asume las historias de su ropa interior, el publicista mudado que todavía no hizo la instalación del lavarrap es en realidad un enfermo que no controla esfínteres, la religiosa que reparte folletos en Belgrano y Virrey Ceballos tiene la pollera manchada de cocaína de las tizas que esconde en el dobladillo, las estudiantes de intercambio con promedio “apple” son unas groupies adictas al pisco que bailan sobre la calle Venezuela y vomitan el cubrecama para lavar, el administrador del edificio que es más querido que Juan Carr guarda en sus bóxers el olor del perfume de la hija del electricista del 4to B, el vendedor de Herbalife que se jacta de una vida sana y antiperonista suda las camisetas térmicas con olor a zorrino.
La semana pasada, uno de los lavarropas se rompió y el otro (sobrecargado) empezó a agujerear prendas y a devorar toda la ropa del barrio. Después de 20 años, Rita no abrió. Con un cartel triste emulando un estado de duelo y congoja, le avisaba al vecindario que cerraba por dos días. En esas jornadas de optimismo, el barrio era una gota de licor en un océano de mierda. Nadie salía de sus casas por miedo a ensuciarse y temor a que alguien reconozca su perfume original. Fue ahí donde entendí que el servicio de la vieja no solo contempla “lavado y planchado”: incluye la discreción. El precio va más allá del contenido de los valets o la cantidad de canastos, CONTIENE EL SECRETO. El IVA es la mesura que sostiene las reputaciones de todo un vecindario que tiene que parecer y después (si se puede) ser. La vejación del jabón en polvo y el suavizante son la manera que todos adoptan para lidiar contra los fantasmas que toman ginebra debajo de la cama y no pueden matar.

Rita no es eterna.
Cuando muera iremos de compras.
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El lavarrap de Rita por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.