La misma letra

El correr de los años no siempre deposita al hombre en la serenidad del pueblo de montaña que espera la lluvia para que pase algo; a veces lo entierra en el show de la banda que escucha siempre y aprende de la repetición del mismo sonido. El pibe que creía que Dios era digital y sumaba vallas sin oxígeno para coquetear con la internación escuchaba los mismos temas que el guardavidas enyesado en temporada de pirañas que hoy observa al grupo como si fuera un cuadro de Rembrandt.
La historia de la recepción está ligada a las derrotas personales: hasta los 17 el escenario es el único ascensor posible, la banda convence de intentarlo todo y una lista que crea lazo entre el talento y el agite. Son tiempos donde la fidelidad rutera está por encima de la capacidad de apreciación. Entre el público, hay pequeños polizontes oculares que inspeccionan que el pibe que va a verlos por primera vez no forme parte de los privilegios de “los mismos de siempre”. También existe la mezquindad de reivindicar el progreso de la banda a partir de la propia historia: asistir en un mismo fin de semana a un show en Temperley y otro en Moreno da lugar a una jactancia de hijo único con ropa nueva por encima de los tipos que solo concurren cuando el grupo llega a su ciudad.
A los 24 se pasa al segundo tercio en donde el hombre se llena de verrugas y habla con solemnidad de sofista. Son tipos más cerca de las columnas que de los que saltan y levantan los brazos, el pogo ya no les genera romance alguno y el roce es esa molestia que martilla el trance entre el artista y la propia historia. Las barricadas en los estribillos son una actividad de salvajes, un ritual que mezcla de capoeira y epilepsia de principiante. Sin importar la dimensión de las curvas, no se suben mujeres extrañas más de un tema (ni siquiera si tienen jardinero). La vejiga no espera que pase el tema favorito y se puede huir de la pista en cualquier momento. Se abandona el lugar antes del último tema para encontrar taxi y no salir con la multitud.
Después de los 30 los recitales son anuales, se intenta sacar las entradas mucho antes que salgan a la venta, se recoleta material de la banda en soportes que ya caducaron hace rato. Con varios días de anticipación, se vacía al ropero para que entre las naftalinas y la ropa de soltero salga la estética más rockera posible para que todo termine en una camisa de jean abierta con una remera de “Santana” quemada con cigarrillo del siglo pasado. El ingreso al lugar es el de un extraterrestre que saliva baba blanca porque no entiende la palabra gol. Cada movimiento corporal se planifica como el robo al Banco Río. Algunos elongan.
El sábado el grupo volvió a tocar. Como todos los recitales en Haedo, los sonidos fluyen sobre los boliches que cerraron, el local que no funcionó, el videoclub que ahora es una polleria, la sociedad de fomento que se mantiene en pie por los mates amargos de gente en tiempo de descuento. Los galpones en zona oeste se convierten en auditorios ocasionales, los tablones de madera hacen de guardaropas y un par de guirnaldas viejas perdidas de la última entrega de trofeos a los chicos de la categoría 99 son la escenografía que ilustra la presentación.
Todo el tiempo vamos a ver a la misma banda. Las portadas de los discos tienen la cara de las ginebras que dejamos abajo de la cama para ganarnos el favor de los monstruos, de las erecciones que terminaron en erecciones, de las novias que se convirtieron en diabetes, de los laburos que se convirtieron en chacales de todos nuestros credos y de las cifras que asesinaron al niño interno contra el ábaco pero en todas las vidas siempre suena el mismo grupo porque peor que la repetición es no saber la letra.

Facundo Pedrini

Licencia Creative Commons
La misma letra por Facundo Pedrini se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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