El Fausto posible

El mundo es una cabaña llena de boy scouts sin juegos de mesa en un día de lluvia. Con la necesidad de dividirse las tareas para salvarse del reflejo del cielo en el mástil, los ingleses hacen música con objetos robados, los argentinos aguardan en la cocina a la espera de que alguien pida un trago, los yanquis empiezan a escribir en un cuaderno gloria prestado, y los alemanes a pensar: piensan, piensan y piensan en una felicidad epiléptica que ahuyente al Hansel con rostro diabólico que esconden detrás de los ojos. Piensan, piensan, mientras invocan a ese vampiro que habita en una bolsa de cal, donde duermen los perfectos.

El aeropuerto de Frankfurt es un manicomio de 6 pisos con rubias en pose. Ampuloso, lleno de casas de cambio, carteles de neón, cintas transportadoras kilométricas y direcciones flúor que conducen a otras direcciones. Todo en esta ciudad está en proceso de remodelación. La10314677_10152583009233748_4054132844915826186_n.jpg banda de sonido de Frankfurt son los martillazos que impactan sobre los ladrillos del muro que viene, las palas preparando las mezclas para un nuevo banco, el olor a resina y a estaño que sale de las alcantarillas y las chispas de las soldaduras que bloquean el contacto directo con el último piso. Las veredas están atravesadas por mamparas que obligan a caminar en fila una ciudad igual de veloz por tierra, por aire y por agua.

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“Todo hombre que no trabaja en la oscuridad está enfermo, las personas sin traumas no sobreviven al ruido de la primera detonación” decía Hemingway sobre los alemanes. Le temen a los excesos de la ideología, le temen a los sobresaltos de mala conciencia, le temen a que los impulsos salgan caros y a los hombres que ya han sido asesinados. Temen, por eso son invencibles.

El tren a Berlín es una asociación de psicópatas que comercializan pieles con Goethe en la mochila a todo volumen, todo el tiempo. Con vagones con catálogos que glorifican a personajes que no participaron de su época, hazañas de antepasados que llegan a las conversaciones cuando alguien aplasta el cigarrillo en el cenicero, grandes genios que vivieron refugiados en altillos incomprendidos, esperando que la posteridad llegue y orine la sopa del hijo de puta que les bajo el pulgar.

Pero Berlín también es la denuncia del “veo veo”, es la ciudad que evidencia que las apreciaciones cartográficas son moretones no asumidos. Nadie puede ser tan idiota de cruzar un océano para tener razón. No se puede ser ese oficinista que visita el zoológico una vez por año y piensa que entiende el dolor del mono, es tentador el recelo, pero la forma ideal para fallar es la conjetura: fallar al pensar que si una nación se olvida de reír se transforma en penitencia, fallar al creer que si Berlín no fulmina a sus espíritus les da vía libre para matar, fallar al deducir que siempre tiene que haber reventados, que un lugar que no exhibe sus miserias es de mentira, que los pobres que no se arrastran por el suelo, se esconden debajo de un polígono de tiro.

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Alemania aprendió de su historia, no de su memoria ni de su papada, por eso vuelve de todas sus cacerías, sea el ciervo o el cazador. Fue el Fausto, fue el nudo, fue la soga, fue el verdugo y el niño que cerraba los ojos para no ver como decapitaban a su padre, fue la lluvia ácida, fue el que abrió la cámara de gas, el que murió en Moscú y el judío del gueto que pesaba 20 kilos y aplaudía con una sola mano porque no tenía fuerza para levantar las dos.
Todos los actores juntos y a la vez en todas las sílabas.
El horno y el jardín.
Por eso le es fácil reconciliarse con las cosas. No hay engrudo.
Por eso es el único en toda la cabaña que tiene mitología de lluvia.

 

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La última navaja: pelo, pelusa y mito

Antes de terminar el primario, acompañé a mi viejo a la barbería de Vicente Grippo, el peluquero de la edad de oro de San Juan y Catamarca. Ahí fue la primera vez que lo vi sangrar, la navaja del barbero le había provocado 6 cortes entre la nuez y el cachete, que él intentaba tapar con papel higiénico. A la semana volvió, y Grippo le hizo dos cortes más. Cuando le pregunté por lo sucedido, me dijo que Vicente  minimizó las heridas: “No es nada Carlo, no se preocupe, usted tiene lo labio muy carnoso”. Mi papá jamás le contestó, mucho menos lo contradijo. Con el tiempo entendí que no era un acto de piedad ante su fragilidad sino el costo del valor del testimonio, de los compadritos y los dandys, del jabón tocador “Manolita” que Juan Duarte le vendía a 20 centavos menos que a los rusos. Cuando Grippo murió, “cara cortada” Pedrini se mudó a “lo de Mimi”, el peluquero de la calle Pasco y Humberto Primo, un octogenario que había sido niño fascista de Mussolini; más tarde a “lo del pibe”, barbero de Sarandí y Cochabamba, quién encerraba a su mujer en la peluquería para que no salga a gastar al mercadito.

En 2015, el dueño de las cabezas de Caballito es Miguel Barnes, el barbero de la calle Guayaquil. Un peluquero que se hace llamar “conde”; porta chaleco gris, zapatos de charol blanco, capa sobre sus hombros y navajas como extensiones del pulso. “¿Afeitada señorial?”, pregunta al cliente recostado sobre la silla de la barbería “la época”; el ritual incluye fomento, toallas húmedas y brochas a tono. Las paredes llenas de recuerdos custodian el corte: almanaques de alpargatas, dibujos de Luis Medrano, publicidades de cigarrillos “Aikinson” con modelos de piel lisa y libre de vello, navajas con grabados de oro y punta española.

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El conde limpia la hoja sobre el asentador de cuero, automatizado, a la velocidad del pelo y barba pero también con un estilo único para todo. Siempre el mismo look, el corte es igual, se siente quién se siente, no hay desmechados ni “más largo atrás”, la complicidad del resultado es un pacto silencioso entre el peluquero y el cliente de acento raro, quién no se mira la nuca por miedo a que le quede demasiado grande. En estos lugares, lo de siempre, siempre es “lo de siempre”. El estilo del barbero (por eso es conde) está por encima de la foto del modelo lleno de spray que mira de costado en las revistas de las peluquerías con olor a “Heno de Pravia”.

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De los marcos de los espejos cuelgan guantes en honor a los peluqueros que en la década del 30 los usaban para afeitar, debajo una palangana metálica que se ponía en el cuello del cliente cuando se rasuraba con el jabón que se esparcía con los dedos y del mueble de roble salen unos bastones amarillos que se usaban para trabar las puertas a la madrugada.

barberia7En la entrada, una cabina de teléfono público londinense invita a repensar los números de la cuadra, rodeada de caballetes, telas, pimenteros de principio de siglo, cajas musicales y hasta un cartel que reza: “Por orden del comisionado, se prohíbe entrar armado y con sombrero al despacho de bebidas. Febrero de 1892”. Pero hay una parte de ese revisionismo que choca, tal vez el problema no es que el pasado vaya directo a la cara, el problema es que vaya todo junto, desde todos los momentos a la vez.

La gracia del túnel del tiempo es llegar a un punto, no a todos. No tiene gracia pedir un cospel de regalo después de averiguar la clave de WI-FI, visitar la peluquería de las toallas calientes en los ojos y pretender que además sea cafetería, confesionario y espacio interactivo.

El peluquero de la avenida Guayaquil abrió el local en 1998, su chaleco, su atuendo y su capa son parte del ropero heredado del tío, son patillas falsas que alguien alquiló de una sala multi-función, es la nostalgia de lo no vivido.
LA BARBERÍA “LA ÉPOCA” ES LA DIFERENCIA ENTRE LO QUE SE CONSERVA Y LO QUE SE AMBIENTA, entre los tanos que hicieron su último corte a los noventa y pico, sin bronce, sin turistas, sin patrimonios, armados con un par de navajas y varias brochas desflecadas; y los falsos condes que hacen del pasado una fábrica de pelucas   

“El Lavadero de RITA” llegó a ABC MUNDIAL

El lavarrap de la calle San José 368 en Monserrat es de la señora Rita, una viuda con olor a camarines de teatro cerrado que siempre esta con el mismo suéter y cambia el color de pelo cada 2 meses. El lugar se llama Wash, lo promociona con imanes de teléfono a los que les falta el 4 porque son de un stock que quedó de la época de Entel. Tiene 2 lavarropas que funcionan a la velocidad de los torturadores que saben que termina la guerra.

El lugar está decorado con columnas de canasto con ropa oscura que tapan la humedad de las paredes y el vapor que sale detrás de los equipos. En el piso, hay un par de bolsas de consorcio con tickets con cifras demenciales en concepto de “valets”. En mi cuenta, un juego de sábanas con restos de un vino que se picó en 2009, un par de camisas, unos jeans viejos y una bata amarilla que heredé de mi mal gusto redondearon $620. Nadie denuncia sobreprecios porque es la única lavandería del barrio: Monserrat es un barrio que se repite cada 100 metros, pero que tiene un solo monopolio: el local de la vieja.

Después del espasmo, crucé a un café sin nombre para descubrir que el precio de recaudar lo que a la AFIP le lleva un semestre era el encierro. Rita solo sale del local para votar. Convive de lunes a lunes con el ruido del tambor de los lavarropas que trituran la ropa del mismo color con la determinación de un Orco, se edificó una piecita arriba del secarropa para abrir más rápido y cerrar más tarde y hace varios años que tiró el letrero: “enseguida vuelvo”. No hay empleadas a cargo porque con testigos no tiene gracia. Ella sola contra todas las cacerías del barrio.

La única manera de salir al mundo es oliendo prendas. Conoce lo que está fuera de la carta desde lo que la gente ya no se pone pero también desde lo que no se anima a lavar: La socióloga recién recibida que se guarda para el matrimonio es una prostituta del whisky que no asume las historias de su ropa interior, el publicista mudado que todavía no hizo la instalación del lavarrap es en realidad un enfermo que no controla esfínteres, la religiosa que reparte folletos en Belgrano y Virrey Ceballos tiene la pollera manchada de cocaína de las tizas que esconde en el dobladillo, las estudiantes de intercambio con promedio “apple” son unas groupies adictas al pisco que bailan sobre la calle Venezuela y vomitan el cubrecama para lavar, el administrador del edificio que es más querido que Juan Carr guarda en sus bóxers el olor del perfume de la hija del electricista del 4to B, el vendedor de Herbalife que se jacta de una vida sana y antiperonista suda las camisetas térmicas con olor a zorrino.

La semana pasada, uno de los lavarropas se rompió y el otro (sobrecargado) empezó a agujerear prendas y a devorar toda la ropa del barrio. Después de 20 años, Rita no abrió. Con un cartel triste emulando un estado de duelo y congoja, le avisaba al vecindario que cerraba por dos días. En esas jornadas de optimismo, el barrio era una gota de licor en un océano de mierda. Nadie salía de sus casas por miedo a ensuciarse y temor a que alguien reconozca su perfume original. Fue ahí donde entendí que el servicio de la vieja no solo contempla “lavado y planchado”: incluye la discreción. El precio va más allá del contenido de los valets o la cantidad de canastos, CONTIENE EL SECRETO. El IVA es la mesura que sostiene las reputaciones de todo un vecindario que tiene que parecer y después (si se puede) ser. La vejación del jabón en polvo y el suavizante son la manera que todos adoptan para lidiar contra los fantasmas que toman ginebra debajo de la cama y no pueden matar.

Rita no es eterna. Cuando muera iremos de compras…

AUTOR: Facundo Pedrini (periodista)  www.luzdepatio.wordpress.com 

El instinto de morder la banquina

En un tiempo donde los romances son turnos rotativos, la seducción es acoso, y la intensidad es una declaración de brutalidad, el último lugar de resistencia son los personajes. Entre lanzas que se clavan en hielos equivocados y arrabales que terminan en grafitis, una mujer puede encontrarse en la barra a 3 clases de sujetos.

Los derrotados son tipos que zitarrosean la batalla creyendo que la felicidad está en la polera, mueren en la última mesa de un bar mientras rayan la madera con la uña al lado del plato de los pochoclos salados y se justifican evocando lo que hace la mayoría. Son hijos de la contraofensiva que nadie provocó. Hedonistas que por lo general manejan el juego del talento desperdiciado, que se reúnen con amigos que quisieron ser gigolos y terminaron siendo orfebres. Hombres que leyeron dos libros de Bukowski e intercambian entre cada idea las palabras “atenuante” y “coyuntura”. Critican a Messi por ser de laboratorio mientras juegan a la poceada a escondidas  porque no creen en la suerte. Se hacen los marxistas con maestras jardineras y las reinas del intercountry. Estos tipos son los enemigos del pueblo, porque no se esquinan para observar en la oscuridad la condición humana sino para esperar a la chica que sale del bullicio y se compadece de su cerveza intacta. La felicidad puede estar en la batalla pero no hay nada erótico en temporada baja.

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Del mismo examen, pero desde otro pupitre, emerge la figura del roto. Anónimos por accidente. Percibidos por las mujeres como sujetos que perdieron el avión por error de la aerolínea pero que tienen con qué salir de ese trance privatizado. Personas que la pegaron con un buen trabajo y terminaron desechándolo por los fantasmas del aburguesamiento y los imanes de comida macrobiótica en la heladera. El roto transita la hendidura del hombre que vuelve al sistema pero reserva la boca y la cola para su novio. Es el transgresor transgredido. Por lo general en la quinta salida, coquetea con la figura del antiheroe: un donante de órganos arrepentido que va por la vida mostrando sus derrotas por un vaso de agua fría, es la dimensión más aceitosa del hombre. Los rotos son tipos que no gritan su ruina sin que el público lo note, que usan sangre de utileria y  que no crecen desde el pie siempre van a vivir con sus padres porque solo fueron emancipados desde el acceso.

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El tercero es el baccarat: hombre de cristal francés pero de itacazo en el pecho que no tiene ningún tipo de culpa en aceptar cierto éxito o travelling bienaventurado de años de construcción. De fantasmas resueltos y caja de pinzas apta para todo tipo de cruces. Hombre de propinas abundantes y de bolsillo dadivoso en las esquinas. Usa medios narrativos para justificar todo tipo de acercamiento a la mano. No tiene en claro si le gustan más los tiburones que los souvenirs pero se angela en la duda femenina. Construye un corte de calle de payasos malditos con sueldos atrasados en una Opera de Andrew Lloyd Webber para rozar un brazo, practica una cortesía mentirosa porque no es apasionado de los principios. Cree en un mundo donde hay una sola balsa que no puede contener a dos personas a la vez. Encarando desde el genocidio de repetir latiguillos de True Detective mezclados con algún canapé inaudito de Gelman y entrelazando muecas de artista fóbico con el miedo a hacerse entender hasta tarde. Detrás de las 40 piezas de sushi, el vino de cabaña y la cordialidad forzada, habita el gualicho de la soledad y la falta de fe. De los 3, es el personaje más cerca de la banquina, porque es al único que le importa caer.

descargaTodos colgados de subtitulo equivocado de película iraní, buscando dinamita por no saber reciclar, calentándose más con el old fashioned de la mesa ocupada que con la prudente sprite zero que aguarda la verdad, sin saber estacionar lejos de la enumeración. En un punto de la noche, los 3 se encuentran en el baño a mear, y mientras cagan a trompadas a la máquina del jabón líquido y balbucean el próximo chiste, la chica entra al baño, los tira contra el inodoro, les desabrocha el cinturón y los convierte en puntería. Porque a coger nos enseñan las mujeres.

Las putas de Cruyff

Amsterdam es la luna roja que aparece cada vez que alguien enciende un cigarrillo, un lugar que sopla pecados al oído mientras roza los cuellos mal besados. Una ciudad en donde los affter ofice duran hasta la próxima ley seca, que convierte el pasado en Rusia y las tradiciones en un cadáver embalsamado para esconder en el armario de las escobas. Todo se nombra. Todo está aludido. Todo es a voluntad. Todos se mueven como si fueran Cruyff, el 10 más vistoso, el dueño del túnel.

Una neblina rembranteana en escala de grises recubre todo el barrio rojo. 6 calles con pasajes sin salida y cortadas en donde pasan todas las escenografías posibles sin documentación fotográfica. La policía montada anda con una luz de giro en el culo de los caballos buscando alguien que no pertenezca al ritual.

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Al lado del muelle, negros con el equipo de gimnasia  venden cocaína a turistas con camisas “Acapulco”. Un puñado de alumnos de intercambio escupen cerveza desde un tercer piso ensayando un nuevo deporte paraolímpico y dan de lleno a un flaco entrando a un cine gay con promesas saborizadas. Una pareja de septuagenarios visita la calle como si todo se trataría de un museo de cera que conserva las viejas actrices porno del cine mudo. Del rió salen fantasmas llenos de costras que pertenecen a los tipos que se fueron sin pagar.

Desde lejos, en el hotel “Hermitage”, los abanicos que pudieron decir que “no” ven hadas parpadeando entre una riña de gallos, y es lógico porque en una ventana donde debería aullar un dálmata sale un dedo que arrastra a meterse en el mal. Las habitaciones son cajas alumbradas por una luz de neón colorada que se convierte en blanca cuando la cortina se cierra. Los triángulos rosas piden 200 euros cada 15 minutos, por la inseminación por amígdalas, la mitad.

Una ciudad sin recelos que le borra los bordes a sus prostitutas para dárselas a las flores con las que agazajarán a sus esposas es un lugar de mentira. Llenarse de mujeres con moho sobre los tobillos (ese verdín que se forma entre los pasos que quisieron dar y los alfiles que no se pudieron comer) es tener una nación de muñecas sin brazos, es convertir los genitales en gatillos que se apuntan a si mismos, es buscar un strike de boxer porque no le dan los bolos. Ese es el granizo detrás del Ajak, son los monstruos detrás de Cruyff que creen portar la creación cuando son un Guernica.

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Un bar lookeado con enfermeras dispuestas a tomar la mejor presión de tu vida solo, con todo lo que sea necesario, es  el bar más concurdido de la zona. En los ojos de las chicas está el suicidio de una existencia marcada por las vocaciones de servicio: jugar a la doctora a los 7, a la maestra a los 8, a la enfermera a los 9, a la mamá a los 10, tener el convertible a pilas a los 11, saber que su nombre es uno de las 3 calaberas de Colón a los 12 y bajar la persiana cuando el taiwanes sambusetero entra a los 22. Esas son las verdaderas naranjas mecánicas, rígidas, sosteniendo montoncitos de vacío, viviendo la falacia del tenedor libre sin opciones para celíacos que salen segundos.