Las putas de Cruyff

Amsterdam es la luna roja que aparece cada vez que alguien enciende un cigarrillo, un lugar que sopla pecados al oído mientras roza los cuellos mal besados. Una ciudad en donde los affter ofice duran hasta la próxima ley seca, que convierte el pasado en Rusia y las tradiciones en un cadáver embalsamado para esconder en el armario de las escobas. Todo se nombra. Todo está aludido. Todo es a voluntad. Todos se mueven como si fueran Cruyff, el 10 más vistoso, el dueño del túnel.

Una neblina rembranteana en escala de grises recubre todo el barrio rojo. 6 calles con pasajes sin salida y cortadas en donde pasan todas las escenografías posibles sin documentación fotográfica. La policía montada anda con una luz de giro en el culo de los caballos buscando alguien que no pertenezca al ritual.

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Al lado del muelle, negros con el equipo de gimnasia  venden cocaína a turistas con camisas “Acapulco”. Un puñado de alumnos de intercambio escupen cerveza desde un tercer piso ensayando un nuevo deporte paraolímpico y dan de lleno a un flaco entrando a un cine gay con promesas saborizadas. Una pareja de septuagenarios visita la calle como si todo se trataría de un museo de cera que conserva las viejas actrices porno del cine mudo. Del rió salen fantasmas llenos de costras que pertenecen a los tipos que se fueron sin pagar.

Desde lejos, en el hotel “Hermitage”, los abanicos que pudieron decir que “no” ven hadas parpadeando entre una riña de gallos, y es lógico porque en una ventana donde debería aullar un dálmata sale un dedo que arrastra a meterse en el mal. Las habitaciones son cajas alumbradas por una luz de neón colorada que se convierte en blanca cuando la cortina se cierra. Los triángulos rosas piden 200 euros cada 15 minutos, por la inseminación por amígdalas, la mitad.

Una ciudad sin recelos que le borra los bordes a sus prostitutas para dárselas a las flores con las que agazajarán a sus esposas es un lugar de mentira. Llenarse de mujeres con moho sobre los tobillos (ese verdín que se forma entre los pasos que quisieron dar y los alfiles que no se pudieron comer) es tener una nación de muñecas sin brazos, es convertir los genitales en gatillos que se apuntan a si mismos, es buscar un strike de boxer porque no le dan los bolos. Ese es el granizo detrás del Ajak, son los monstruos detrás de Cruyff que creen portar la creación cuando son un Guernica.

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Un bar lookeado con enfermeras dispuestas a tomar la mejor presión de tu vida solo, con todo lo que sea necesario, es  el bar más concurdido de la zona. En los ojos de las chicas está el suicidio de una existencia marcada por las vocaciones de servicio: jugar a la doctora a los 7, a la maestra a los 8, a la enfermera a los 9, a la mamá a los 10, tener el convertible a pilas a los 11, saber que su nombre es uno de las 3 calaberas de Colón a los 12 y bajar la persiana cuando el taiwanes sambusetero entra a los 22. Esas son las verdaderas naranjas mecánicas, rígidas, sosteniendo montoncitos de vacío, viviendo la falacia del tenedor libre sin opciones para celíacos que salen segundos.

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