El instinto de morder la banquina

En un tiempo donde los romances son turnos rotativos, la seducción es acoso, y la intensidad es una declaración de brutalidad, el último lugar de resistencia son los personajes. Entre lanzas que se clavan en hielos equivocados y arrabales que terminan en grafitis, una mujer puede encontrarse en la barra a 3 clases de sujetos.

Los derrotados son tipos que zitarrosean la batalla creyendo que la felicidad está en la polera, mueren en la última mesa de un bar mientras rayan la madera con la uña al lado del plato de los pochoclos salados y se justifican evocando lo que hace la mayoría. Son hijos de la contraofensiva que nadie provocó. Hedonistas que por lo general manejan el juego del talento desperdiciado, que se reúnen con amigos que quisieron ser gigolos y terminaron siendo orfebres. Hombres que leyeron dos libros de Bukowski e intercambian entre cada idea las palabras “atenuante” y “coyuntura”. Critican a Messi por ser de laboratorio mientras juegan a la poceada a escondidas  porque no creen en la suerte. Se hacen los marxistas con maestras jardineras y las reinas del intercountry. Estos tipos son los enemigos del pueblo, porque no se esquinan para observar en la oscuridad la condición humana sino para esperar a la chica que sale del bullicio y se compadece de su cerveza intacta. La felicidad puede estar en la batalla pero no hay nada erótico en temporada baja.

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Del mismo examen, pero desde otro pupitre, emerge la figura del roto. Anónimos por accidente. Percibidos por las mujeres como sujetos que perdieron el avión por error de la aerolínea pero que tienen con qué salir de ese trance privatizado. Personas que la pegaron con un buen trabajo y terminaron desechándolo por los fantasmas del aburguesamiento y los imanes de comida macrobiótica en la heladera. El roto transita la hendidura del hombre que vuelve al sistema pero reserva la boca y la cola para su novio. Es el transgresor transgredido. Por lo general en la quinta salida, coquetea con la figura del antiheroe: un donante de órganos arrepentido que va por la vida mostrando sus derrotas por un vaso de agua fría, es la dimensión más aceitosa del hombre. Los rotos son tipos que no gritan su ruina sin que el público lo note, que usan sangre de utileria y  que no crecen desde el pie siempre van a vivir con sus padres porque solo fueron emancipados desde el acceso.

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El tercero es el baccarat: hombre de cristal francés pero de itacazo en el pecho que no tiene ningún tipo de culpa en aceptar cierto éxito o travelling bienaventurado de años de construcción. De fantasmas resueltos y caja de pinzas apta para todo tipo de cruces. Hombre de propinas abundantes y de bolsillo dadivoso en las esquinas. Usa medios narrativos para justificar todo tipo de acercamiento a la mano. No tiene en claro si le gustan más los tiburones que los souvenirs pero se angela en la duda femenina. Construye un corte de calle de payasos malditos con sueldos atrasados en una Opera de Andrew Lloyd Webber para rozar un brazo, practica una cortesía mentirosa porque no es apasionado de los principios. Cree en un mundo donde hay una sola balsa que no puede contener a dos personas a la vez. Encarando desde el genocidio de repetir latiguillos de True Detective mezclados con algún canapé inaudito de Gelman y entrelazando muecas de artista fóbico con el miedo a hacerse entender hasta tarde. Detrás de las 40 piezas de sushi, el vino de cabaña y la cordialidad forzada, habita el gualicho de la soledad y la falta de fe. De los 3, es el personaje más cerca de la banquina, porque es al único que le importa caer.

descargaTodos colgados de subtitulo equivocado de película iraní, buscando dinamita por no saber reciclar, calentándose más con el old fashioned de la mesa ocupada que con la prudente sprite zero que aguarda la verdad, sin saber estacionar lejos de la enumeración. En un punto de la noche, los 3 se encuentran en el baño a mear, y mientras cagan a trompadas a la máquina del jabón líquido y balbucean el próximo chiste, la chica entra al baño, los tira contra el inodoro, les desabrocha el cinturón y los convierte en puntería. Porque a coger nos enseñan las mujeres.

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