La última navaja: pelo, pelusa y mito

Antes de terminar el primario, acompañé a mi viejo a la barbería de Vicente Grippo, el peluquero de la edad de oro de San Juan y Catamarca. Ahí fue la primera vez que lo vi sangrar, la navaja del barbero le había provocado 6 cortes entre la nuez y el cachete, que él intentaba tapar con papel higiénico. A la semana volvió, y Grippo le hizo dos cortes más. Cuando le pregunté por lo sucedido, me dijo que Vicente  minimizó las heridas: “No es nada Carlo, no se preocupe, usted tiene lo labio muy carnoso”. Mi papá jamás le contestó, mucho menos lo contradijo. Con el tiempo entendí que no era un acto de piedad ante su fragilidad sino el costo del valor del testimonio, de los compadritos y los dandys, del jabón tocador “Manolita” que Juan Duarte le vendía a 20 centavos menos que a los rusos. Cuando Grippo murió, “cara cortada” Pedrini se mudó a “lo de Mimi”, el peluquero de la calle Pasco y Humberto Primo, un octogenario que había sido niño fascista de Mussolini; más tarde a “lo del pibe”, barbero de Sarandí y Cochabamba, quién encerraba a su mujer en la peluquería para que no salga a gastar al mercadito.

En 2015, el dueño de las cabezas de Caballito es Miguel Barnes, el barbero de la calle Guayaquil. Un peluquero que se hace llamar “conde”; porta chaleco gris, zapatos de charol blanco, capa sobre sus hombros y navajas como extensiones del pulso. “¿Afeitada señorial?”, pregunta al cliente recostado sobre la silla de la barbería “la época”; el ritual incluye fomento, toallas húmedas y brochas a tono. Las paredes llenas de recuerdos custodian el corte: almanaques de alpargatas, dibujos de Luis Medrano, publicidades de cigarrillos “Aikinson” con modelos de piel lisa y libre de vello, navajas con grabados de oro y punta española.

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El conde limpia la hoja sobre el asentador de cuero, automatizado, a la velocidad del pelo y barba pero también con un estilo único para todo. Siempre el mismo look, el corte es igual, se siente quién se siente, no hay desmechados ni “más largo atrás”, la complicidad del resultado es un pacto silencioso entre el peluquero y el cliente de acento raro, quién no se mira la nuca por miedo a que le quede demasiado grande. En estos lugares, lo de siempre, siempre es “lo de siempre”. El estilo del barbero (por eso es conde) está por encima de la foto del modelo lleno de spray que mira de costado en las revistas de las peluquerías con olor a “Heno de Pravia”.

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De los marcos de los espejos cuelgan guantes en honor a los peluqueros que en la década del 30 los usaban para afeitar, debajo una palangana metálica que se ponía en el cuello del cliente cuando se rasuraba con el jabón que se esparcía con los dedos y del mueble de roble salen unos bastones amarillos que se usaban para trabar las puertas a la madrugada.

barberia7En la entrada, una cabina de teléfono público londinense invita a repensar los números de la cuadra, rodeada de caballetes, telas, pimenteros de principio de siglo, cajas musicales y hasta un cartel que reza: “Por orden del comisionado, se prohíbe entrar armado y con sombrero al despacho de bebidas. Febrero de 1892”. Pero hay una parte de ese revisionismo que choca, tal vez el problema no es que el pasado vaya directo a la cara, el problema es que vaya todo junto, desde todos los momentos a la vez.

La gracia del túnel del tiempo es llegar a un punto, no a todos. No tiene gracia pedir un cospel de regalo después de averiguar la clave de WI-FI, visitar la peluquería de las toallas calientes en los ojos y pretender que además sea cafetería, confesionario y espacio interactivo.

El peluquero de la avenida Guayaquil abrió el local en 1998, su chaleco, su atuendo y su capa son parte del ropero heredado del tío, son patillas falsas que alguien alquiló de una sala multi-función, es la nostalgia de lo no vivido.
LA BARBERÍA “LA ÉPOCA” ES LA DIFERENCIA ENTRE LO QUE SE CONSERVA Y LO QUE SE AMBIENTA, entre los tanos que hicieron su último corte a los noventa y pico, sin bronce, sin turistas, sin patrimonios, armados con un par de navajas y varias brochas desflecadas; y los falsos condes que hacen del pasado una fábrica de pelucas   

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3 pensamientos en “La última navaja: pelo, pelusa y mito

  1. Relato hermoso se puede ver,oler tocar… Aumenta el placer de los sentidos… Incluso mi rara habilidad de dibujar crece a medida que avanza el viaje en el tiempo…Gracias!!!

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