El barrio repetido

Monserrat es una viuda de unos sesenta años que pasa toda la tarde del domingo arreglándole botones a la camisa de su hijo, Constitución, drogadicto emancipado con la obra social de la madre, a la que solo visita los lunes para pedirle plata, pero también es un barrio que se repite cada 100 metros, como si perdiese la memoria en cada baldosa floja. Todas sus calles cuentan con los mismos negocios, diferenciados por el verso y el estilo, lo que me lleva a pensar de que el hombre no necesita grandes cosas para vivir: un par de buenos restaurantes para agasajarse después de un feriado trabajado, un lavarrap cercano para terminar el misterio del secarropa y la manguera que no funciona, varias marroquinerias para revertir el aniversario olvidado y un par de heladerías que ofrezcan dulce de leche cada vez que uno pide crema del cielo.

El problema de Monserrat es que sus cafés tienen la misma belleza que Belgrano, su avenida principal: son lugares de onda verde, de paso, sin estado de ánimo. Ni la decoración con helechos que los diferencian de un frigorífico, ni los carteles de neón que reemplazan a los muebles de mimbre, ni las mesas de madera fría que envejecen en cada espera de whisky, ni las sillas con el respaldo vencido y tornillo flojo pueden llevar a uno a pensar que una pausa digna puede llevarse a cabo en lugares como esos. El barrio traza su reputación en torno a Campo di Fiori y Plaza Mayor, dos cocineras petizas enfrentadas en la calle San José que vinieron en el mismo barco pero cada vez que se cruzan en el supermercado no se saludan. Las dos pusieron un lugar de comidas que más tarde pudieron llamar restaurant. Son celosas, suelen estar llenas y ninguna de las dos aumenta sus precios sin pispear la carta de la otra. Son la platea en donde se lava la mugre de los rencores.

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Cuenta con más agencias de loterías que Mar de Ajo, no solo constituyen un lugar para el pálpito y el insulto bajito, sino que también son un buen punto de encuentro ante la ausencia de un club de barrio, ante la falta de cancha de bochas y las cuadras sin naipes. En las agencias se inventan los apodos y se saborea algún chisme con vermut. Existen 2 videoclubs que son como un baño químico pero con VHS del 90 para atrás. Las películas parecen haber sido grabadas en el peor momento de Multicanal y el formato blue ray suena a “viejo trago que inventó algún cliente”.

Casi todas las manzanas están encabezadas por una unidad Básica: el despacho del exiliado Guillermo Moreno, la santería de Ernesto Sanz, el prostíbulo amarillo de Cristian Ritondo, el cuartel de los Tupac Amarú, el kiosco que no vende cigarrillos de Binner, el pozo de petróleo bolivariano de Chávez y la fotocopiadora (casi sin tinta) de La Cámpora. Un puñado de colegios católicos concentran la fe de todo el distrito que no se preocupa por la sombra pagana que hacen los folleteros evangelistas ubicados en Entre Rios y Saenz Peña, tipos que taclean a los peatones para explicarle el significado de la vida y llenarlos de la luz de la paloma leprosa.

El barrio tiene entre sus filas al hotel alojamiento más barato de Capital Federal. Por respeto, nadie lo ha bautizado. Con frente polarizado y puerta molinete, solo se deja ver cartel de hoja A4 escrito con fibra indeleble: “turno, 80 pesos”. Las parejitas acceden a las piezas desde una escalera caracol con un llavero de madera (de esos que otorgan en las posadas de Mina Clavero). Los aires acondicionados están descompuestos. La cama tiene un nylon entre el colchón y las sábanas. No hay libro de quejas, tampoco servicio al cuarto. Para invitar y quedar mal.

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El departamento de policía es una vecina enrejada, paranoica, que pincha todas las pelotas que pasan por encima de su muro por miedo a tentarse y salir con los cortos puestos. Aunque para muchos es un panóptico legal. La gente confía en la guardia uniformada. Los saludan, les convidan cigarrillos, les fían mercadería a cambio de un par de visitas diarias y un par de muecas duras. Todos van a la peluquería de Josè en la calle Venezuela, corte único (el oficial), poca interacción. Coiffeur de Santiago del Estero, baja intensidad de diálogo, cierta nostalgia del pago,  50 pesos con navaja, 70 si además haces barbilla.

Hay más lavaderos que árboles, lo cual hace pensar que hay más plomeros que jardineros y más trenet que oxígeno.
Solo los recién mudados guardan sus “desde”, como aquel anciano que sigue dándole alpiste a un canario que murió hace tiempo. Estar cerca de las cosas les quita sus adentros, los interpela, los hace visibles. El lado oscuro de la fuerza se junta a las doce de la noche, como una secta, cuando salen a pasear al perro. Ahí se encuentran los malos, oficinistas, abogados, porteros, un periodista y hasta un chino, caminando con las bolsas de la mierda de sus mascotas en las manos, respirando hondo como Darth Vader, histéricos pispeando un tacho, portando todos los episodios tristes de su vida a la calle . Por eso Monserrat se repite cada 100 metros y despierta todo el tiempo en el mismo juego de toallas negras.

 

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