Bloody Mary

 

Pocos se animan a interpretar a Drácula, eligen los fantasmas más cómodos.
Es más fácil luchar contra los espectros que se dejan vencer por el héroe en la primera escena. Pocos se enfrentan a las cosas que pueden quedarse con su sangre: les rezan, les temen, les ladran, las contienen con prepagas, con gasas, mirando para otro lado, apretando el puño, pensando en la sonrisa de la bioquímica, cambiando de canal.

De manera extraña, cuando no se trata de uno mismo, todos nos quedamos mirando la sangre en la pared, en la alcantarilla, en el piso del baño, o en las vías. Contemplamos como la sierra de la carnicería atraviesa la carne, el lomo, la vaca.

La ilusión de la sangre…una mancha de pintura roja en un cuadro blanco, la gente googlea festivales japoneses en donde los Samuráis rebanan orejas a la velocidad del segundo, otros se jactan de ver películas de “Cine B” por el jugo de tomate.

Se masturban hablando de Tarantino y los hermanos Cohen.

Todo eso es mentira. Hay muy pocas cosas que verbalizan el límite entre lo que es de todos y lo que es uno. La sangre es el final de la historia, pero el principio de la imaginación.

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La sangre de Cristo
El cuerpo de Cristo.
La sangre de Cristo.
El cuerpo de Cristo.

No hay milagro sin sangre, no hay Cristo sin sangre, no hay elegido sin sangre.

Tal vez, sea la sangre la que elije quién tiene la primicia. Tal vez sea la sangre la que elije a un sujeto para avisarle primero que al resto y advertirle en qué lugar va a brotar.
Es esa misma sangre coagulada, que alguna vez advirtió Drácula, la que hoy se convierte en placa.

El pueblo confía en las placas porque son las que están en los análisis más duros.

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Pura Vida. Bloody Mary

 

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