Nos vemos ahí

 

 

No recuerdo cuando me dijiste con los ojos que te ibas a morir. ¿Fue cuando la bilirrubina no permitió hacer la última quimioterapia? ¿Fue en la sala de espera mientras llegaban los donantes 0 negativo para la transfusión? ¿Fue cuando decidiste tirar la peluca porque te picaban las cejas? ¿O cuando rezabamos juntos y, pesando 50 kilos, vos seguías pidiendo por la familia?

Tengo miedo de no acordarme de vos sin cancer. Tengo miedo de convertirte en un paciente inmortal esperando que al menos no duela, con el suero colgado entre la lucha y los buenos momentos en donde de esos mismos brazos salía el antídoto para todas las bestias del mundo. Tengo miedo de quedarme con el gusto de comida de hospital en la boca en donde nunca se puede mojar el pancito en el tuco porque en la salsa no hay virus, y si no hay virus la muerte pierde contra el pelotero. Tengo miedo que en la mudanza se me haya olvidado tu voz, por eso pongo solo los primeros 10 minutos del dvd de mis 18 en donde me enseñabas que en la vida hay que tener ganas de saber, no ganas de ganar y que no hay que mirar lo eterno porque siempre hay algo en el fuego. Tengo miedo que se me acaben los dardos tranquilizantes con la nona y un día tenga que mirarla a la cara para decirle que a veces con los recuerdos no alcanza, que si para ella se acabó, yo estoy de acuerdo.

Los monstruos que siempre tiene una cabeza más, que enfrentan las partes del cuerpo que dieron vida con los gajos pendientes de la enredadera, que atacan a los que todavía tienen algo para decir, no pueden vencer al milagro que se traspasa con caricias en la nuca. No tienen ninguna posibilidad, aunque ganen. Por eso te debemos la lealtad de elevarte de la camilla que todo lo come y dejarte libre, en las profundidades de la voluntad, ahí donde los diagnósticos no llegan, en donde los recuerdos que tienen colgadas guirnaldas y gorritos de cumpleaños de 4 son el verdadero último aliento.

6 años después, abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia, con demasiada frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo de la cuerda y necesito reconciliar el ovillo con lo que hay después.

Un abismo.
Un rezo.
Un mañana.

¿Era así, no?. Para que la fe no se convierta en un método, para que siga siendo un don que alguien rebota en algún lugar del rollo que no pudimos revelar, para que nos devuelva los fragmentos y para que el reflejo nos pertenezca (o al menos dibuje tus lunares).

Nunca pude escribirte y nombrarte a la vez. Lo hice desde figuras oníricas mata guerras que rozaban las mejillas de los que no te supieron y el corazón de los que sí, rebuscando la mermelada para darte una posibilidad fuera de los significados paleativos. Pero no puedo despersonificarte ahora, no puedo ni quiero empatarte con los misterios ni los contrasentidos porque nunca se trato ni se va a tratar de ellos.

A veces, la pintura de las anécdotas se descascara y el reservorio de certezas indefectiblemente cae, ¿eras soprano o mezosoprano?, ¿hasta qué año hiciste de italiano?, ¿cómo conociste a papá?, convierten a la tana en la serenidad de una mujer de pueblo de montaña lleno de Landriscinas. Y vos no eras eso. Tenias hormigas antikarmas en el culo, sufrías por lo que no podías cambiar y hacías un conteo tan profundo de la vida que siempre te hizo elegir lo simple.

¿Qué puedo decir de la muerte?
La muerte es injusta. La vida también.

Tal vez, los recuerdos se destiñen a propósito para enseñarnos a volver a buscar los deseos en las velas que se soplan y no las que se lloran.

Nos vemos ahí.

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3 pensamientos en “Nos vemos ahí

  1. El miedo de olvidarse la voz, los abrazos. Que ningún momento sea de felicidad plena cuando falta esa persona, en mi caso mi papá hace 11 años. El pánico de saber que voy a vivir más años sin él de lo que vivimos juntos.
    Me llegaste al alma, te abrazo a la distancia.

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