El moño de Polino

“Los únicos que no se mojan son los famosos y los hombres de negocios que sacan platea media para ver a Prince”, así empieza “Golden Boys” de Hernán Iglesias Illa para definir la lógica de mercado de los pibes de oro de Wall Street. El glamour de la omnipotencia, la promesa tecnócrata y ese Harvard de pupila que determina hasta la cortesía para pedir las baterías  del auto a tu ex.

Para los que viven a 80 cuadras de la historia, no se puede desinflamar la realidad con un carnet de Blockbuster trucho. No se puede surfear la medianía de las cosas, con un protocolo alquilado. Así es como empieza el delirio.

Lo mejor es tener una idea de causa que le gane a la nuca del adversario.
Un “desde donde” caritativo con tus propios olores.
Empujar 10 conceptos con la frente que van a hacer que en 20, 30 o 50 años se sueñe mejor. Se puede vivir una vida sin girar al spiedo, se puede resistir con ese instinto milenario de reponerse o esas ganas de bajar a snorkearla para salvar el partido.

Tal vez, en la fascinación por encontrar soluciones evitamos a los tipos salientes, esos
que nacieron antes que la licuadora, los que tienen el tacto de mirar con educación y fuego sagrado a la vez: Bayer sigue teniendo el pecho lleno de datos con los expedientes del asesino correcto pero la herencia sigue atacando al moño de Polino. El alemán sigue escribiendo 89 años por segundo, puede con contratapas, gargantas, paredes y mandamientos. Puede, PUEDE: Con la lógica veterinaria: todo tiene pulgas, todo tiene sarna, todo es quirúrgico, pero también todo eso (y al mismo tiempo) es motivo para dejar el altillo y volver a la calle en posición karateca.

En tiempos en donde la memoria es el tiempo que tardamos en omitir los videos de youtube, todo parece indicar que los culpables se divorciaron de las instituciones de poder y habitan en los videos ochentosos de LOS TWIST.

Los francotiradores no habitan en el jopo de De Brito, los espectros no forman parte de los bucles de Beatriz Salomòn, los enemigos no guarecen en los puntajes del jurado ni donde se hornean las medialunas.  Ese no es el ejército del mal, serán una impresora sin tinta y una plancha quemando una camisa havaiana pero nada más. En el peor de los escenarios, el daño irreversible del moño de Polino termina en el buen gusto y más allá de De Brito no hay ningún monstruo que no se pueda construir con un papel glacé metalizado.

Puta lógica sandia, puto postre que se convierte en un arma nuclear.

El mal habita en la puerta falsa,  en creer que la salida de la lentejuela es la ideología que legitima la suma de las partes sin ofrecer nada a cambio. Que llama a todas las almas nobles a quemar el consulado, que prescinde de lo que pasa e invita a tomar la municipalidad mientras no puede justificar su patrimonio, que sentencia al empresario, a internet y a la ganancia a una lista de Schindler de malas palabras que tienen el mismo peso que las chicas Olmedo.  Ese simulacro de autoridad los muestra perfectos, paseando por relatos en donde siempre son los buenos, sin la más mínima generosidad pero expertos en huracanes caribeños, narcotráfico tucumano y votaciones en la ONU; llenos de enemigos abstractos, frivolidades concretas y fusibles a mano: el moño de Polino.

El knockout de los mejores guerreros se lleva consigo la sombra del Leviatan.

Todo lo que no se denuncia deja de existir.

La palabra autorizada va a morir el mismo día que la autoridad real.

Por un Bayer para siempre.

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4 pensamientos en “El moño de Polino

  1. Ernesto Sabato escribió en La Resistencia: “Las palabras de la mesa, incluso las discusiones o los enojos,
    parecen ya reemplazadas por la visión hipnótica. La televisión nos
    tantaliza, quedamos como prendados de ella.” Me parece que de ahí salen los enemigos abstractos que bien señalas y nos informamos desinformandonos…

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