Bayer está solo

 

El reflector capicúa, la suplica inútil, el disparo a quemarropa, el peón fusilado, el militar asesino, el estanciero cómplice y el luchador que intenta cruzar el alambrado. Todos clavados sobre los párpados del último anarquista. Afuera, un cartel fileteado que bautiza la casa de Arcos al 2400 como “El tugurio”. Adentro, Osvaldo Bayer, rodeado de bibliotecas que impiden ver las paredes, de revistas que contienen ambientes, de obras que rebalsan de la silla y caen sobre un par de plantas muertas, de portarretratos desgobernados de los marcos y de reconocimientos que van desde el Grupo Planeta a la cooperativa del Hotel Bauen.
Bayer rodeado, como siempre.

                “El arte no trae ganancias porque es para él alma, por eso siempre va a tener enemigos: esos que se dedican al comercio o la política (que ahora son lo mismo) y  dicen que el arte es todo lo contrario al trabajo ¿pero no dicen lo mismo de la religión, no?” Por las dudas, a ver si existe Dios”, afirma señalando una contratapa del 2015 de Página 12 que denunciaba vaciamientos y privatizaciones en el museo de Calcos y Escultura “Ernesto de La Carcova”. Esa lucha, como todas las pendientes, sigue flotando en su mesa de saldos.

                “Hay partes del cuerpo humano que no se rinden, que resisten, hasta el final. Salir a la calle y mover a los políticos, que respiren lo que hicieron.  La única manera de cambiar las cosas es empezar desde abajo para tener contactos con los de arriba”.  Descifrar a Bayer es interpelar a sus enemigos. Si todo lo que no se denuncia deja de existir y Bayer es para siempre, sus adversarios también. Es curioso como  teniendo el pecho lleno de datos con los expedientes del asesino correcto  soporta a los que atacan al moño de Polino como la amenaza absoluta y hostilidad de gelatina.

El alemán sigue escribiendo 89 años por segundo con lógica veterinaria:
Todo tiene pulgas.
Todo tiene sarna.
Todo tiene garrapatas.
Todo es quirúrgico.

Pero también todo es motivo para dejar el altillo y volver a la calle en posición karateca.

 

“A veces me siento solo, siento que no tengo poder, que acompaño muy bien pero esa compañía  puede ser positiva o negativa según el concepto que se tenga de mí, por eso a veces no voy a ver a los políticos, porque no es fácil recibirme.  Además, la actualidad es pésima. Tenemos al peor que nos podía tocar. Un conservador del año 30, va a terminar mal, es todo negativo lo que hace, se vienen tiempos muy duros. Es inexplicable el triunfo de este hombre, nunca hizo política, nunca hizo nada, creo que jugó al paddle.  El pueblo no debe agachar el lomo, a todos nos cabe esa responsabilidad, el pueblo tiene que ocupar el centro, si lo hace yo voy a estar ahí, mientras tanto todo será de los reaccionarios.  A veces siento que nunca aprendimos, les hacemos caso a los demagogos. Yo ya estoy viejo, tengo casi 90 años,  hago lo que puedo”

 

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Tener razón es exiliarse (o morir)

 

  1. Corrientes y Montevideo. Café La Paz. Al fondo. 2 ginebras. 2 amigos.

– Tenés que irte del país
– Mirá quién habla.
– Vos escribiste la “Patagonia”
– Si, pero más peligroso es “¿Quién Mató a Rosendo?”  te metiste con las mafias sindicales. Rodolfo, no entiendo cómo vos, que viviste como yo los peores años de la Facultad de Filosofía y Letras con Perón entregando la Universidad a la extrema derecha y a la iglesia católica, te hiciste peronista.
–  No te equivoques Osvaldo. Yo no soy peronista, yo soy marxista, pero ¿dónde está el pueblo?
– El pueblo es peronista, es cierto, pero no es revolucionario.
– Eso ya lo vamos a ver.

“Yo no quise decir que Walsh tenía razón ni se equivocaba porque no sabía cómo iba a reaccionar el pueblo. Tenía razón en que había que hacer algo, tenía razón en crear otro estado de cosas. Lo hizo, lo trato de hacer y perdió la vida. Yo también tuve razón y también perdí: tuve que irme al exilio 8 años. Eso es tener razón, es terminar en Macri, en el peor de todos, en el más imbécil.  Y lo elegimos. Y lo elegimos”.  Bayer aprovecha para acomodarse para la merienda: té con leche, un par de galletitas de agua y 3 tostadas con mermelada de durazno. Las trae María Helena, la enfermera que, sin suerte, intentó echarme 5 veces para que descanse en soledad. Bayer no la deja. Bayer no quiere estar solo.

 

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Para los que viven a 80 cuadras de lo que pasa, para los que intentan desinflamar la realidad con un carnet de Blockbuster  y para los que surfean la medianía de las cosas con un protocolo alquilado, es extraño toparse con un tipo como Bayer.  “Siempre fui anarquista, es la teoría más noble, el socialismo en libertad, jamás una dictadura en el proletariado, vimos que el comunismo cayó en manos del autoritarismo, una cagada”.  Pronuncia su réquiem como esos tipos que empùjan con la frente 10 conceptos que harán que en 50 años se sueñe mejor, aunque saben que no verán los resultados.  Mientras revuelve su infusión, pienso que tal vez, en la fascinación por encontrar salidas evitamos repensar a los tipos salientes, esos que nacieron antes que la velocidad sea el tiempo que tardamos de omitir los anuncios de youtube, esos que brotaron con ese instinto milenario de reponerse como un perro, esos que tienen el tacto de mirar con educación y fuego sagrado a la vez. “Tal vez, algún día, el partido sea nuestro” afirma Bayer en su libro “Rebeldía y esperanza”. Le creo.

 

“Vamos a caminar mucho más despacio pero tiene que ser todo en asamblea, parece un sueño, pero es la única manera de organizarse: el socialismo en libertad, la repartición noble, justa y de todos, para sentirse protagonista.  Participé de varias, fue conmovedor, viejitas que nunca habían hablado se advertían parte, todo eso cayó.  Lo que nunca me supe explicar es porque fracasa todo lo que se reúne.  El pueblo eligió a un empresario, los argentinos queremos ser empresarios. Al final del túnel está la propiedad privada pero en el medio también, se mete por todos lados.  La propiedad privada es mi enemiga”.

 

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Bayer tiene tos. Mucha. María Helena trae una cucharada grande de miel. Afloja por unos minutos, pero persiste.  Es una tos seca de la que sale con una chicana: “¿La tuya es Crónica, no? y ríe. Por primera vez rie.

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“El único socio posible es el pueblo, también pueden participar intelectuales, pero no deben tener temor sino acompañar los movimientos luchando por la libertad y por el sentido de referencia. Que para definir a la cárcel de Ushuaia se haga alusión a un asesino de niños (Petizo Orejudo) en lugar de un activista social como Simón Radowitzky es una determinación burguesa, que se ha quedado con toda nuestra cultura. Todo es de ellos. Todo de los milicos de derecha. Esa cárcel fue una ignominia, ellos también”.

Para Osvaldo Bayer, la lucha es el único elemento que abastece de sentido y al final de la historia, recompensa: “En la famosa huelga marítima del año 50, los barcos no se movían de los puertos. Yo era marinero timonel en el puerto de Rosario, llamé a la asamblea del buque para parar y obtuve un voto: el mío. Todos murmuraban pero se callaban la boca a la hora de decidir. El capitán me bajó en Rosario y nunca más viaje en un buque de la Patria, pero por las cosas del destino, 40 años después los obreros marítimos  me hicieron un homenaje por ser el único que se bajó. La estela queda. La estela queda, como los enemigos: Los enemigos son siempre los mismos”

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Bayer revuelve el té. Las galletitas le quedaron en el fondo de la taza. Con una cucharra, las acorrala en el borde y traga en dos tandas.  Así 10 veces.

“Los enemigos reales son siempre los mismos”. Bayer quiere las cabezas de los francotiradores de  verdad.  Los contrincantes más peligrosos no parecen habitar el jopo de De Brito, los espectros no forman parte de los bucles de Beatriz Salomón, los rivales no guarecen en los puntajes del jurado, ni donde se hornean las medialunas.  Ese no es el ejército del mal, serán una impresora sin tinta y una plancha quemando una camisa hawaiana, pero nada más. En el peor de los escenarios, su daño termina en el buen gusto y en un Leviatan con conchero.

Bayer no perdona, ni siquiera al hombre más cerca de Dios. “Francisco siempre va a ser Bergoglio, su pasado lo traiciona, es un mentiroso. En la dictadura no hizo absolutamente nada por nadie. Yo lo sé bien. Siempre se negó y ahora resulta que es bueno. Es un hombre con un gran cinismo. Mientras él era cómplice, el cuerpo lo pusieron otros, salieron a la calle curas del tercer mundo, curas villeros, humildes y el no, y ahora es Papa, por algo será. Que en lugar de regalar rosarios, venga a la Argentina. No le puedo perdonar el silencio. Yo no perdono el silencio”.

La estela queda. La estela queda, como los enemigos. Los enemigos son siempre los mismos”. Esa frase resuena en los 5 ambientes del Tugurio,  ¿y si el mal habita en la puerta falsa, en la salida propuesta por las almas nobles que nos inducen a quemar el consulado e invitan a tomar la municipalidad mientras no pueden justificar su patrimonio? Bayer resiste el simulacro de moralidad que los muestra perfectos. Bayer impugna a los relatos de los progresistas que siempre son los buenos, a los expertos en huracanes caribeños, narcotráfico tucumano y votaciones en la ONU y a los que llenan la nómina de convictos de enemigos abstractos, frivolidades concretas y fusibles a mano (como el moño de Polino)

Bayer terminó y quiere descansar; Lo hace saber golpeando su bastón contra el piso con más fuerza que antes. La puerta de su habitación está abierta,  lo esperan una manta verde, unas sábanas de rombos azules y un par de almohadas finitas.  Hace 4 años que nadie duerme del otro lado de la cama y no hay rastros de Dios. Tal vez, “El idiota” de Dostoievski y una foto de Marlene Dietrich consuelan sus partes viudas. Tal vez no.  Tal vez Bayer pueda luchar contra todo menos contra sus meriendas.

Bayer está solo.

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