El último intuitivo

Réquiem del periodista que definió la realidad argentina de los últimos 50 años

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USTED FUE UN GENIO.

Relanzó Canal 11. Instauró Radio Colonia. Fundó Así. Fue el periodista más libre del país. Revolucionó Teledos. Creo el diario más vendido, lo hizo canal. Inventó.

Borro.

Perdió Canal 11. Perdió Radio Colonia. Perdió Así y Así es Boca. Perdió el diario Crónica. Perdió Teledos. Perdió Crónica TV. Perdió la libertad. Perdió.

Vuelvo a borrar.

Pierde tanto solo el que fue dueño de todas las palabras.

Usted fue un genio.Brilló en los 60, se consolidó en los 70, fue Kane en los 80, se reinventó en los 90 y se derrumbó en los 2000. Fue el que mejor pegó, el padre del monstruo rojo favorito de todos los argentinos, sus ideas llegaron a tener cinco ediciones por día, superó el millón de ejemplares con el casamiento de Violeta Rivas y Nestor Fabían, con la final del mundial 78 y con Perón desde una clínica en Puerta de Hierro leyendo su diario. Sacó una revista y vendió tantos números que hizo que Boca salga campeón en las gargantas antes que en la cancha. Comprendió el sadismo del peronismo como nadie, interpretó con tacto su proscripción y no cayó en sus propias contradicciones.

Usted fue el hombre que mejor decodificó la distancia entre el rezo y la estampita y uso esa desesperanza a favor de sus titulares. Su soledad ganó 6 Martin Fierro al hilo, sus trabajadores perdieron los otros 15. Siempre que ganó, humilló. Siempre que perdió, le echó la culpa al complot de los poderosos o de los inútiles; como todos los argentinos optó por tener todos sus derechos y ninguna de sus obligaciones.

No se puede ser y haber sido. Su imperio duró menos que el de Disney, pero fue más real que Mickey, o al menos fue diferente. Usted fue el dueño del parque de diversiones posible, el maquinista del abismo que interpretó el miedo a las alturas de los tipos que simpatizaban con él suelo, el gallego que supo entender que la foto y el concurso de gaseosas a veces valen más que él análisis de la coyuntura, el primer gran empresario de medios de la Argentina, el que inventó a Víctor Hugo, el aliado de los artistas en las noches más largas, el dueño del Teatro Estrellas al que le pusieron una bomba, el amigo de Sandro, el hermano de Ariel Delgado (que después dejo ir del Canal en silencio), el socio de Duhalde y el enemigo de Alfonsín. A todos, absolutamente a todos, los convirtió en teclas de su máquina de escribir Olivetti Lettera 33.

El chico que colgó la soga entre la rotativa caliente y la Casa Rosada jugó a saltarla con 24 presidentes: pocas veces se acalambró, pocas veces quiso dejar de rebotar en el piso. Perdió en último salto, como todos. Fue el gran intuitivo que el país merecía, la posteridad definirá si fue el que necesitaba. Hizo más que muchos: la faena del olfato que corre por izquierda a los santos evangelios le salió estupenda, la consigna de estar firme junto al pueblo fue un hallazgo sensacional, aunque algunos crean  que de tanto repetirse ya no tiene sentido, ni el slogan ni el pueblo.

Cien veces lo quisieron matar. Lo intentó secuestrar la izquierda y la derecha. Tal vez, su ingenio insistió en el doble sicario para sobrevolar las reinterpretaciones del peronismo y salir con pelota dominada. Tal vez fue cierto.

Usted fue un genio. El genio que odió a todos los magos, por eso denunció todos los trucos que no salieron de su redacción: publicó las artimañas del concurso de gaseosas, de los casamientos de enanos y al reality de cocina; liberó a la momia negra para la psicosis del piberío, se enfrentó con Maradona, Lopez Rega y Nestor Kirchner, dió por ganadora a Pinky en La Matanza (ante un atónito electorado) y le dijo “vos SOS mío” a un productor que no quiso darle un diario que había comprado usted. Por eso, usted también fue un anti – genio.

Mientras todos hablan de las placas rojas, usted las apiló en 9 páginas de una biografía de 300. Fue superior a cualquier después posible y más que todos sus monstruos. Ellos seguirán sin usted con esa sensación que tienen los inquilinos que viven en casa prestada para siempre. Escribí casa pero quise decir idea.
Bien por ellos.

La culpa la tuvo usted. Siempre.  A veces en forma de pálpito, a veces en forma de arma de fuego. Gozó cada una de sus primicias como alguien que espera la cura: el suicidio del empresario Alfredo Yabrán, el de Leonardo Simons y el de René Favaloro. La renuncia de Cavallo como ministro de Economía de Menem. La salida de Guillermo Coppola de la cárcel y el doping de Diego Maradona en Punta del Este. La explosión en Rio Tercero (Córdoba). La muerte de Carlos Menem (hijo). El nacimiento del tercer hijo de Marcelo Tinelli. La grave enfermedad de Sandro. El caso Carrasco, que motivó el fin del servicio militar obligatorio. El repudio a Mario Firmenich en una marcha en conmemoración de los 20 años del padre Carlos Mugica. El motín en la cárcel de Sierra Chica. El accidente de Lapa. La toma de rehenes en el Banco Nación de Ramallo. El crimen de José Luis Cabezas. La tragedia de Cromañon. Y las muertes de Néstor Carlos Kirchner, Nicolás “Pipo” Mancera y Emilio Moyano, uno de los hijos del líder de la CGT. El atentado a la AMIA y el suicidio ante las cámaras del comisario Mario Oscar “Malevo” Ferreyra y La tragedia de Once.  Saberlo antes da poder. Publicarlo, más.

Sumó más muertos que la mayoría y pensó cosas aún peores. Dictaminó ganadores y perdedores antes que la gente salga del cuarto oscuro. Hizo repetir el suicidio del Malevo Ferreyra y advirtió a todos que en instantes se pegaba el tiro. Dijo que las placas rojas falsas también constituían la reputación de las verdaderas para no confesar que con su vida también pasaba lo mismo. Cuando tuvo que escoger entre Zulma Lobato y el Turco Asis, se quedó con la travesti. Tal vez algún día cuente por qué. O tal vez ese poder también quede vacante.

Tal vez, alguna vez los que hicieron una lectura histórica de su vida desde el ventilador que no funcionaba o la pared descascarada tengan que dar explicaciones. Tal vez, habrá quienes analicen su línea de tiempo por los aportes jubilatorios que no hizo, por los proyectos que truncó, por las injusticias que infringió a la gente que lo amo y admiró en partes iguales y por los genialidades que negó sin escuchar con un “NO”. Tal vez alguna vez a alguien le importe escucharlos.

Fue menos que Natalio Botana, tal vez porque usted vivió el doble. Al director del diario Crítica la muerte lo sorprendió en una ruta de Jujuy con su amante mientras ponía y sacaba presidentes; sus biógrafos lo recuerdan desangrado mientras esperaba un médico de Buenos Aires. Tal vez, usted tomó esa misma sangre para volverse record. A él no le pasó Perón, a usted si. Los titulares fueron su verdadera línea editorial, el prestó las instalaciones de su diario el golpe a Hipólito Yrigoyen. Doble punto para usted. Tampoco dilapidó a propósito la reputación de un jefe de Estado, cual fiscal del orden y las botas, como Jacobo Timerman ni desarmó un teléfono al aire para demostrar que en los cables no estaba la Patria y así hablar a favor de las privatizaciones como lo hizo Neustad. Su mejor goleada fue tomar unos tragos con las banquinas del buen gusto pero jamás hacerle el amor al terror.

La suma de todas nuestras habilidades no estuvo a la altura de ninguna de sus órdenes. Tal vez por eso no tuvo socios. Ahora está en su sillón. Ahora le dan Premios a la trayectoria y los periodistas que jamás considero más que hormigas le hacen notas para seguir demoliendo ese edificio sin agua, luz y gas que es el kirchnerismo.  Ahora pide la quiebra de su propio canal, como un padre que quiere que su hijo se muera porque se casó. Ahora no llama desde los internos y vive en la certeza que fue mejor que casi todos nosotros. Ahora la noticia de la venta de su excanal llega en el mismo comunicado que informa una canasta navideña. Ahora nadie lo quiere matar. Ahora la culpa ya no la tiene usted. Ahora que las órdenes ya no llegan de teléfonos blancos, si quiere volver a llamar, le pediremos una idea.

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