El último intuitivo

Réquiem del periodista que definió la realidad argentina de los últimos 50 años

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USTED FUE UN GENIO.

Relanzó Canal 11. Instauró Radio Colonia. Fundó Así. Fue el periodista más libre del país. Revolucionó Teledos. Creo el diario más vendido, lo hizo canal. Inventó.

Borro.

Perdió Canal 11. Perdió Radio Colonia. Perdió Así y Así es Boca. Perdió el diario Crónica. Perdió Teledos. Perdió Crónica TV. Perdió la libertad. Perdió.

Vuelvo a borrar.

Pierde tanto solo el que fue dueño de todas las palabras.

Usted fue un genio.Brilló en los 60, se consolidó en los 70, fue Kane en los 80, se reinventó en los 90 y se derrumbó en los 2000. Fue el que mejor pegó, el padre del monstruo rojo favorito de todos los argentinos, sus ideas llegaron a tener cinco ediciones por día, superó el millón de ejemplares con el casamiento de Violeta Rivas y Nestor Fabían, con la final del mundial 78 y con Perón desde una clínica en Puerta de Hierro leyendo su diario. Sacó una revista y vendió tantos números que hizo que Boca salga campeón en las gargantas antes que en la cancha. Comprendió el sadismo del peronismo como nadie, interpretó con tacto su proscripción y no cayó en sus propias contradicciones.

Usted fue el hombre que mejor decodificó la distancia entre el rezo y la estampita y uso esa desesperanza a favor de sus titulares. Su soledad ganó 6 Martin Fierro al hilo, sus trabajadores perdieron los otros 15. Siempre que ganó, humilló. Siempre que perdió, le echó la culpa al complot de los poderosos o de los inútiles; como todos los argentinos optó por tener todos sus derechos y ninguna de sus obligaciones.

No se puede ser y haber sido. Su imperio duró menos que el de Disney, pero fue más real que Mickey, o al menos fue diferente. Usted fue el dueño del parque de diversiones posible, el maquinista del abismo que interpretó el miedo a las alturas de los tipos que simpatizaban con él suelo, el gallego que supo entender que la foto y el concurso de gaseosas a veces valen más que él análisis de la coyuntura, el primer gran empresario de medios de la Argentina, el que inventó a Víctor Hugo, el aliado de los artistas en las noches más largas, el dueño del Teatro Estrellas al que le pusieron una bomba, el amigo de Sandro, el hermano de Ariel Delgado (que después dejo ir del Canal en silencio), el socio de Duhalde y el enemigo de Alfonsín. A todos, absolutamente a todos, los convirtió en teclas de su máquina de escribir Olivetti Lettera 33.

El chico que colgó la soga entre la rotativa caliente y la Casa Rosada jugó a saltarla con 24 presidentes: pocas veces se acalambró, pocas veces quiso dejar de rebotar en el piso. Perdió en último salto, como todos. Fue el gran intuitivo que el país merecía, la posteridad definirá si fue el que necesitaba. Hizo más que muchos: la faena del olfato que corre por izquierda a los santos evangelios le salió estupenda, la consigna de estar firme junto al pueblo fue un hallazgo sensacional, aunque algunos crean  que de tanto repetirse ya no tiene sentido, ni el slogan ni el pueblo.

Cien veces lo quisieron matar. Lo intentó secuestrar la izquierda y la derecha. Tal vez, su ingenio insistió en el doble sicario para sobrevolar las reinterpretaciones del peronismo y salir con pelota dominada. Tal vez fue cierto.

Usted fue un genio. El genio que odió a todos los magos, por eso denunció todos los trucos que no salieron de su redacción: publicó las artimañas del concurso de gaseosas, de los casamientos de enanos y al reality de cocina; liberó a la momia negra para la psicosis del piberío, se enfrentó con Maradona, Lopez Rega y Nestor Kirchner, dió por ganadora a Pinky en La Matanza (ante un atónito electorado) y le dijo “vos SOS mío” a un productor que no quiso darle un diario que había comprado usted. Por eso, usted también fue un anti – genio.

Mientras todos hablan de las placas rojas, usted las apiló en 9 páginas de una biografía de 300. Fue superior a cualquier después posible y más que todos sus monstruos. Ellos seguirán sin usted con esa sensación que tienen los inquilinos que viven en casa prestada para siempre. Escribí casa pero quise decir idea.
Bien por ellos.

La culpa la tuvo usted. Siempre.  A veces en forma de pálpito, a veces en forma de arma de fuego. Gozó cada una de sus primicias como alguien que espera la cura: el suicidio del empresario Alfredo Yabrán, el de Leonardo Simons y el de René Favaloro. La renuncia de Cavallo como ministro de Economía de Menem. La salida de Guillermo Coppola de la cárcel y el doping de Diego Maradona en Punta del Este. La explosión en Rio Tercero (Córdoba). La muerte de Carlos Menem (hijo). El nacimiento del tercer hijo de Marcelo Tinelli. La grave enfermedad de Sandro. El caso Carrasco, que motivó el fin del servicio militar obligatorio. El repudio a Mario Firmenich en una marcha en conmemoración de los 20 años del padre Carlos Mugica. El motín en la cárcel de Sierra Chica. El accidente de Lapa. La toma de rehenes en el Banco Nación de Ramallo. El crimen de José Luis Cabezas. La tragedia de Cromañon. Y las muertes de Néstor Carlos Kirchner, Nicolás “Pipo” Mancera y Emilio Moyano, uno de los hijos del líder de la CGT. El atentado a la AMIA y el suicidio ante las cámaras del comisario Mario Oscar “Malevo” Ferreyra y La tragedia de Once.  Saberlo antes da poder. Publicarlo, más.

Sumó más muertos que la mayoría y pensó cosas aún peores. Dictaminó ganadores y perdedores antes que la gente salga del cuarto oscuro. Hizo repetir el suicidio del Malevo Ferreyra y advirtió a todos que en instantes se pegaba el tiro. Dijo que las placas rojas falsas también constituían la reputación de las verdaderas para no confesar que con su vida también pasaba lo mismo. Cuando tuvo que escoger entre Zulma Lobato y el Turco Asis, se quedó con la travesti. Tal vez algún día cuente por qué. O tal vez ese poder también quede vacante.

Tal vez, alguna vez los que hicieron una lectura histórica de su vida desde el ventilador que no funcionaba o la pared descascarada tengan que dar explicaciones. Tal vez, habrá quienes analicen su línea de tiempo por los aportes jubilatorios que no hizo, por los proyectos que truncó, por las injusticias que infringió a la gente que lo amo y admiró en partes iguales y por los genialidades que negó sin escuchar con un “NO”. Tal vez alguna vez a alguien le importe escucharlos.

Fue menos que Natalio Botana, tal vez porque usted vivió el doble. Al director del diario Crítica la muerte lo sorprendió en una ruta de Jujuy con su amante mientras ponía y sacaba presidentes; sus biógrafos lo recuerdan desangrado mientras esperaba un médico de Buenos Aires. Tal vez, usted tomó esa misma sangre para volverse record. A él no le pasó Perón, a usted si. Los titulares fueron su verdadera línea editorial, el prestó las instalaciones de su diario el golpe a Hipólito Yrigoyen. Doble punto para usted. Tampoco dilapidó a propósito la reputación de un jefe de Estado, cual fiscal del orden y las botas, como Jacobo Timerman ni desarmó un teléfono al aire para demostrar que en los cables no estaba la Patria y así hablar a favor de las privatizaciones como lo hizo Neustad. Su mejor goleada fue tomar unos tragos con las banquinas del buen gusto pero jamás hacerle el amor al terror.

La suma de todas nuestras habilidades no estuvo a la altura de ninguna de sus órdenes. Tal vez por eso no tuvo socios. Ahora está en su sillón. Ahora le dan Premios a la trayectoria y los periodistas que jamás considero más que hormigas le hacen notas para seguir demoliendo ese edificio sin agua, luz y gas que es el kirchnerismo.  Ahora pide la quiebra de su propio canal, como un padre que quiere que su hijo se muera porque se casó. Ahora no llama desde los internos y vive en la certeza que fue mejor que casi todos nosotros. Ahora la noticia de la venta de su excanal llega en el mismo comunicado que informa una canasta navideña. Ahora nadie lo quiere matar. Ahora la culpa ya no la tiene usted. Ahora que las órdenes ya no llegan de teléfonos blancos, si quiere volver a llamar, le pediremos una idea.

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Bayer está solo

 

El reflector capicúa, la suplica inútil, el disparo a quemarropa, el peón fusilado, el militar asesino, el estanciero cómplice y el luchador que intenta cruzar el alambrado. Todos clavados sobre los párpados del último anarquista. Afuera, un cartel fileteado que bautiza la casa de Arcos al 2400 como “El tugurio”. Adentro, Osvaldo Bayer, rodeado de bibliotecas que impiden ver las paredes, de revistas que contienen ambientes, de obras que rebalsan de la silla y caen sobre un par de plantas muertas, de portarretratos desgobernados de los marcos y de reconocimientos que van desde el Grupo Planeta a la cooperativa del Hotel Bauen.
Bayer rodeado, como siempre.

                “El arte no trae ganancias porque es para él alma, por eso siempre va a tener enemigos: esos que se dedican al comercio o la política (que ahora son lo mismo) y  dicen que el arte es todo lo contrario al trabajo ¿pero no dicen lo mismo de la religión, no?” Por las dudas, a ver si existe Dios”, afirma señalando una contratapa del 2015 de Página 12 que denunciaba vaciamientos y privatizaciones en el museo de Calcos y Escultura “Ernesto de La Carcova”. Esa lucha, como todas las pendientes, sigue flotando en su mesa de saldos.

                “Hay partes del cuerpo humano que no se rinden, que resisten, hasta el final. Salir a la calle y mover a los políticos, que respiren lo que hicieron.  La única manera de cambiar las cosas es empezar desde abajo para tener contactos con los de arriba”.  Descifrar a Bayer es interpelar a sus enemigos. Si todo lo que no se denuncia deja de existir y Bayer es para siempre, sus adversarios también. Es curioso como  teniendo el pecho lleno de datos con los expedientes del asesino correcto  soporta a los que atacan al moño de Polino como la amenaza absoluta y hostilidad de gelatina.

El alemán sigue escribiendo 89 años por segundo con lógica veterinaria:
Todo tiene pulgas.
Todo tiene sarna.
Todo tiene garrapatas.
Todo es quirúrgico.

Pero también todo es motivo para dejar el altillo y volver a la calle en posición karateca.

 

“A veces me siento solo, siento que no tengo poder, que acompaño muy bien pero esa compañía  puede ser positiva o negativa según el concepto que se tenga de mí, por eso a veces no voy a ver a los políticos, porque no es fácil recibirme.  Además, la actualidad es pésima. Tenemos al peor que nos podía tocar. Un conservador del año 30, va a terminar mal, es todo negativo lo que hace, se vienen tiempos muy duros. Es inexplicable el triunfo de este hombre, nunca hizo política, nunca hizo nada, creo que jugó al paddle.  El pueblo no debe agachar el lomo, a todos nos cabe esa responsabilidad, el pueblo tiene que ocupar el centro, si lo hace yo voy a estar ahí, mientras tanto todo será de los reaccionarios.  A veces siento que nunca aprendimos, les hacemos caso a los demagogos. Yo ya estoy viejo, tengo casi 90 años,  hago lo que puedo”

 

***

Tener razón es exiliarse (o morir)

 

  1. Corrientes y Montevideo. Café La Paz. Al fondo. 2 ginebras. 2 amigos.

– Tenés que irte del país
– Mirá quién habla.
– Vos escribiste la “Patagonia”
– Si, pero más peligroso es “¿Quién Mató a Rosendo?”  te metiste con las mafias sindicales. Rodolfo, no entiendo cómo vos, que viviste como yo los peores años de la Facultad de Filosofía y Letras con Perón entregando la Universidad a la extrema derecha y a la iglesia católica, te hiciste peronista.
–  No te equivoques Osvaldo. Yo no soy peronista, yo soy marxista, pero ¿dónde está el pueblo?
– El pueblo es peronista, es cierto, pero no es revolucionario.
– Eso ya lo vamos a ver.

“Yo no quise decir que Walsh tenía razón ni se equivocaba porque no sabía cómo iba a reaccionar el pueblo. Tenía razón en que había que hacer algo, tenía razón en crear otro estado de cosas. Lo hizo, lo trato de hacer y perdió la vida. Yo también tuve razón y también perdí: tuve que irme al exilio 8 años. Eso es tener razón, es terminar en Macri, en el peor de todos, en el más imbécil.  Y lo elegimos. Y lo elegimos”.  Bayer aprovecha para acomodarse para la merienda: té con leche, un par de galletitas de agua y 3 tostadas con mermelada de durazno. Las trae María Helena, la enfermera que, sin suerte, intentó echarme 5 veces para que descanse en soledad. Bayer no la deja. Bayer no quiere estar solo.

 

***

 

Para los que viven a 80 cuadras de lo que pasa, para los que intentan desinflamar la realidad con un carnet de Blockbuster  y para los que surfean la medianía de las cosas con un protocolo alquilado, es extraño toparse con un tipo como Bayer.  “Siempre fui anarquista, es la teoría más noble, el socialismo en libertad, jamás una dictadura en el proletariado, vimos que el comunismo cayó en manos del autoritarismo, una cagada”.  Pronuncia su réquiem como esos tipos que empùjan con la frente 10 conceptos que harán que en 50 años se sueñe mejor, aunque saben que no verán los resultados.  Mientras revuelve su infusión, pienso que tal vez, en la fascinación por encontrar salidas evitamos repensar a los tipos salientes, esos que nacieron antes que la velocidad sea el tiempo que tardamos de omitir los anuncios de youtube, esos que brotaron con ese instinto milenario de reponerse como un perro, esos que tienen el tacto de mirar con educación y fuego sagrado a la vez. “Tal vez, algún día, el partido sea nuestro” afirma Bayer en su libro “Rebeldía y esperanza”. Le creo.

 

“Vamos a caminar mucho más despacio pero tiene que ser todo en asamblea, parece un sueño, pero es la única manera de organizarse: el socialismo en libertad, la repartición noble, justa y de todos, para sentirse protagonista.  Participé de varias, fue conmovedor, viejitas que nunca habían hablado se advertían parte, todo eso cayó.  Lo que nunca me supe explicar es porque fracasa todo lo que se reúne.  El pueblo eligió a un empresario, los argentinos queremos ser empresarios. Al final del túnel está la propiedad privada pero en el medio también, se mete por todos lados.  La propiedad privada es mi enemiga”.

 

***

Bayer tiene tos. Mucha. María Helena trae una cucharada grande de miel. Afloja por unos minutos, pero persiste.  Es una tos seca de la que sale con una chicana: “¿La tuya es Crónica, no? y ríe. Por primera vez rie.

***

“El único socio posible es el pueblo, también pueden participar intelectuales, pero no deben tener temor sino acompañar los movimientos luchando por la libertad y por el sentido de referencia. Que para definir a la cárcel de Ushuaia se haga alusión a un asesino de niños (Petizo Orejudo) en lugar de un activista social como Simón Radowitzky es una determinación burguesa, que se ha quedado con toda nuestra cultura. Todo es de ellos. Todo de los milicos de derecha. Esa cárcel fue una ignominia, ellos también”.

Para Osvaldo Bayer, la lucha es el único elemento que abastece de sentido y al final de la historia, recompensa: “En la famosa huelga marítima del año 50, los barcos no se movían de los puertos. Yo era marinero timonel en el puerto de Rosario, llamé a la asamblea del buque para parar y obtuve un voto: el mío. Todos murmuraban pero se callaban la boca a la hora de decidir. El capitán me bajó en Rosario y nunca más viaje en un buque de la Patria, pero por las cosas del destino, 40 años después los obreros marítimos  me hicieron un homenaje por ser el único que se bajó. La estela queda. La estela queda, como los enemigos: Los enemigos son siempre los mismos”

***

Bayer revuelve el té. Las galletitas le quedaron en el fondo de la taza. Con una cucharra, las acorrala en el borde y traga en dos tandas.  Así 10 veces.

“Los enemigos reales son siempre los mismos”. Bayer quiere las cabezas de los francotiradores de  verdad.  Los contrincantes más peligrosos no parecen habitar el jopo de De Brito, los espectros no forman parte de los bucles de Beatriz Salomón, los rivales no guarecen en los puntajes del jurado, ni donde se hornean las medialunas.  Ese no es el ejército del mal, serán una impresora sin tinta y una plancha quemando una camisa hawaiana, pero nada más. En el peor de los escenarios, su daño termina en el buen gusto y en un Leviatan con conchero.

Bayer no perdona, ni siquiera al hombre más cerca de Dios. “Francisco siempre va a ser Bergoglio, su pasado lo traiciona, es un mentiroso. En la dictadura no hizo absolutamente nada por nadie. Yo lo sé bien. Siempre se negó y ahora resulta que es bueno. Es un hombre con un gran cinismo. Mientras él era cómplice, el cuerpo lo pusieron otros, salieron a la calle curas del tercer mundo, curas villeros, humildes y el no, y ahora es Papa, por algo será. Que en lugar de regalar rosarios, venga a la Argentina. No le puedo perdonar el silencio. Yo no perdono el silencio”.

La estela queda. La estela queda, como los enemigos. Los enemigos son siempre los mismos”. Esa frase resuena en los 5 ambientes del Tugurio,  ¿y si el mal habita en la puerta falsa, en la salida propuesta por las almas nobles que nos inducen a quemar el consulado e invitan a tomar la municipalidad mientras no pueden justificar su patrimonio? Bayer resiste el simulacro de moralidad que los muestra perfectos. Bayer impugna a los relatos de los progresistas que siempre son los buenos, a los expertos en huracanes caribeños, narcotráfico tucumano y votaciones en la ONU y a los que llenan la nómina de convictos de enemigos abstractos, frivolidades concretas y fusibles a mano (como el moño de Polino)

Bayer terminó y quiere descansar; Lo hace saber golpeando su bastón contra el piso con más fuerza que antes. La puerta de su habitación está abierta,  lo esperan una manta verde, unas sábanas de rombos azules y un par de almohadas finitas.  Hace 4 años que nadie duerme del otro lado de la cama y no hay rastros de Dios. Tal vez, “El idiota” de Dostoievski y una foto de Marlene Dietrich consuelan sus partes viudas. Tal vez no.  Tal vez Bayer pueda luchar contra todo menos contra sus meriendas.

Bayer está solo.

***

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El moño de Polino

“Los únicos que no se mojan son los famosos y los hombres de negocios que sacan platea media para ver a Prince”, así empieza “Golden Boys” de Hernán Iglesias Illa para definir la lógica de mercado de los pibes de oro de Wall Street. El glamour de la omnipotencia, la promesa tecnócrata y ese Harvard de pupila que determina hasta la cortesía para pedir las baterías  del auto a tu ex.

Para los que viven a 80 cuadras de la historia, no se puede desinflamar la realidad con un carnet de Blockbuster trucho. No se puede surfear la medianía de las cosas, con un protocolo alquilado. Así es como empieza el delirio.

Lo mejor es tener una idea de causa que le gane a la nuca del adversario.
Un “desde donde” caritativo con tus propios olores.
Empujar 10 conceptos con la frente que van a hacer que en 20, 30 o 50 años se sueñe mejor. Se puede vivir una vida sin girar al spiedo, se puede resistir con ese instinto milenario de reponerse o esas ganas de bajar a snorkearla para salvar el partido.

Tal vez, en la fascinación por encontrar soluciones evitamos a los tipos salientes, esos
que nacieron antes que la licuadora, los que tienen el tacto de mirar con educación y fuego sagrado a la vez: Bayer sigue teniendo el pecho lleno de datos con los expedientes del asesino correcto pero la herencia sigue atacando al moño de Polino. El alemán sigue escribiendo 89 años por segundo, puede con contratapas, gargantas, paredes y mandamientos. Puede, PUEDE: Con la lógica veterinaria: todo tiene pulgas, todo tiene sarna, todo es quirúrgico, pero también todo eso (y al mismo tiempo) es motivo para dejar el altillo y volver a la calle en posición karateca.

En tiempos en donde la memoria es el tiempo que tardamos en omitir los videos de youtube, todo parece indicar que los culpables se divorciaron de las instituciones de poder y habitan en los videos ochentosos de LOS TWIST.

Los francotiradores no habitan en el jopo de De Brito, los espectros no forman parte de los bucles de Beatriz Salomòn, los enemigos no guarecen en los puntajes del jurado ni donde se hornean las medialunas.  Ese no es el ejército del mal, serán una impresora sin tinta y una plancha quemando una camisa havaiana pero nada más. En el peor de los escenarios, el daño irreversible del moño de Polino termina en el buen gusto y más allá de De Brito no hay ningún monstruo que no se pueda construir con un papel glacé metalizado.

Puta lógica sandia, puto postre que se convierte en un arma nuclear.

El mal habita en la puerta falsa,  en creer que la salida de la lentejuela es la ideología que legitima la suma de las partes sin ofrecer nada a cambio. Que llama a todas las almas nobles a quemar el consulado, que prescinde de lo que pasa e invita a tomar la municipalidad mientras no puede justificar su patrimonio, que sentencia al empresario, a internet y a la ganancia a una lista de Schindler de malas palabras que tienen el mismo peso que las chicas Olmedo.  Ese simulacro de autoridad los muestra perfectos, paseando por relatos en donde siempre son los buenos, sin la más mínima generosidad pero expertos en huracanes caribeños, narcotráfico tucumano y votaciones en la ONU; llenos de enemigos abstractos, frivolidades concretas y fusibles a mano: el moño de Polino.

El knockout de los mejores guerreros se lleva consigo la sombra del Leviatan.

Todo lo que no se denuncia deja de existir.

La palabra autorizada va a morir el mismo día que la autoridad real.

Por un Bayer para siempre.

02

Nos vemos ahí

 

 

No recuerdo cuando me dijiste con los ojos que te ibas a morir. ¿Fue cuando la bilirrubina no permitió hacer la última quimioterapia? ¿Fue en la sala de espera mientras llegaban los donantes 0 negativo para la transfusión? ¿Fue cuando decidiste tirar la peluca porque te picaban las cejas? ¿O cuando rezabamos juntos y, pesando 50 kilos, vos seguías pidiendo por la familia?

Tengo miedo de no acordarme de vos sin cancer. Tengo miedo de convertirte en un paciente inmortal esperando que al menos no duela, con el suero colgado entre la lucha y los buenos momentos en donde de esos mismos brazos salía el antídoto para todas las bestias del mundo. Tengo miedo de quedarme con el gusto de comida de hospital en la boca en donde nunca se puede mojar el pancito en el tuco porque en la salsa no hay virus, y si no hay virus la muerte pierde contra el pelotero. Tengo miedo que en la mudanza se me haya olvidado tu voz, por eso pongo solo los primeros 10 minutos del dvd de mis 18 en donde me enseñabas que en la vida hay que tener ganas de saber, no ganas de ganar y que no hay que mirar lo eterno porque siempre hay algo en el fuego. Tengo miedo que se me acaben los dardos tranquilizantes con la nona y un día tenga que mirarla a la cara para decirle que a veces con los recuerdos no alcanza, que si para ella se acabó, yo estoy de acuerdo.

Los monstruos que siempre tiene una cabeza más, que enfrentan las partes del cuerpo que dieron vida con los gajos pendientes de la enredadera, que atacan a los que todavía tienen algo para decir, no pueden vencer al milagro que se traspasa con caricias en la nuca. No tienen ninguna posibilidad, aunque ganen. Por eso te debemos la lealtad de elevarte de la camilla que todo lo come y dejarte libre, en las profundidades de la voluntad, ahí donde los diagnósticos no llegan, en donde los recuerdos que tienen colgadas guirnaldas y gorritos de cumpleaños de 4 son el verdadero último aliento.

6 años después, abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia, con demasiada frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo de la cuerda y necesito reconciliar el ovillo con lo que hay después.

Un abismo.
Un rezo.
Un mañana.

¿Era así, no?. Para que la fe no se convierta en un método, para que siga siendo un don que alguien rebota en algún lugar del rollo que no pudimos revelar, para que nos devuelva los fragmentos y para que el reflejo nos pertenezca (o al menos dibuje tus lunares).

Nunca pude escribirte y nombrarte a la vez. Lo hice desde figuras oníricas mata guerras que rozaban las mejillas de los que no te supieron y el corazón de los que sí, rebuscando la mermelada para darte una posibilidad fuera de los significados paleativos. Pero no puedo despersonificarte ahora, no puedo ni quiero empatarte con los misterios ni los contrasentidos porque nunca se trato ni se va a tratar de ellos.

A veces, la pintura de las anécdotas se descascara y el reservorio de certezas indefectiblemente cae, ¿eras soprano o mezosoprano?, ¿hasta qué año hiciste de italiano?, ¿cómo conociste a papá?, convierten a la tana en la serenidad de una mujer de pueblo de montaña lleno de Landriscinas. Y vos no eras eso. Tenias hormigas antikarmas en el culo, sufrías por lo que no podías cambiar y hacías un conteo tan profundo de la vida que siempre te hizo elegir lo simple.

¿Qué puedo decir de la muerte?
La muerte es injusta. La vida también.

Tal vez, los recuerdos se destiñen a propósito para enseñarnos a volver a buscar los deseos en las velas que se soplan y no las que se lloran.

Nos vemos ahí.

01

Bloody Mary

 

Pocos se animan a interpretar a Drácula, eligen los fantasmas más cómodos.
Es más fácil luchar contra los espectros que se dejan vencer por el héroe en la primera escena. Pocos se enfrentan a las cosas que pueden quedarse con su sangre: les rezan, les temen, les ladran, las contienen con prepagas, con gasas, mirando para otro lado, apretando el puño, pensando en la sonrisa de la bioquímica, cambiando de canal.

De manera extraña, cuando no se trata de uno mismo, todos nos quedamos mirando la sangre en la pared, en la alcantarilla, en el piso del baño, o en las vías. Contemplamos como la sierra de la carnicería atraviesa la carne, el lomo, la vaca.

La ilusión de la sangre…una mancha de pintura roja en un cuadro blanco, la gente googlea festivales japoneses en donde los Samuráis rebanan orejas a la velocidad del segundo, otros se jactan de ver películas de “Cine B” por el jugo de tomate.

Se masturban hablando de Tarantino y los hermanos Cohen.

Todo eso es mentira. Hay muy pocas cosas que verbalizan el límite entre lo que es de todos y lo que es uno. La sangre es el final de la historia, pero el principio de la imaginación.

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La sangre de Cristo
El cuerpo de Cristo.
La sangre de Cristo.
El cuerpo de Cristo.

No hay milagro sin sangre, no hay Cristo sin sangre, no hay elegido sin sangre.

Tal vez, sea la sangre la que elije quién tiene la primicia. Tal vez sea la sangre la que elije a un sujeto para avisarle primero que al resto y advertirle en qué lugar va a brotar.
Es esa misma sangre coagulada, que alguna vez advirtió Drácula, la que hoy se convierte en placa.

El pueblo confía en las placas porque son las que están en los análisis más duros.

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Pura Vida. Bloody Mary

 

Los hinchas de Racing no creemos en Freud

  • Bienvenido, contame ¿qué te pasa?
  • Soy hincha de Racing

 

En el 2013 cambie 4 veces de terapeuta pero todas las sesiones tenían el mismo inicio. No era la degeneración del espíritu, ni lo no resuelto, ni lo acumulado en las velas, ni haber salido unos meses con un poster de Beatriz Salomón. No. Mientras el analista de turno quería avanzar sobre el triciclo y los pitucones, todo empezaba y terminaba en Racing como medida de todas las cosas. Así, “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser” se verbalizaba en un centro sin destino de Pillud.

Todos los dramas tenían un número en la espalda que hacía que mi estado de ánimo fuese lo que acontece entre la tabla de posiciones y la próxima fecha. Probé con terapeutas femeninas y me hablaron de Kant y la dignidad, pero solo para consolarme cuando se perdía de local. ¿Cómo explicarle que en el cilindro todo lo que pasa más allá del alma es mentira?, ¿que no hay saber canónico en la palangana de agua caliente en la que se enjuagan las camisetas firmadas? Las charlas terminaban con ataques de pánico y con pedidos desenfrenados de reintegro de la obra social cuando se sugería que la fascinación por los colores tenía que ver con ese olor a metal que tienen las derrotas inexorables. Hubiese preferido que me diagnosticara Edipo para siempre.

milito

Esos encuentros interminables dejaban siempre una pregunta a la altura del pecho: ¿qué queda para el hincha de Racing si desaparecen las frases? “Tenes que salir campeón, este es el año”, se gritaba en forma de edicto, “este año no me podes fallar”, maldita orden incumplida de un equipo que jugaba como nunca y perdía como siempre.

Al año siguiente la espera terminó, como ese bañero que tiene el record de sacar del mar a 11 ahogados en un sábado de carnaval, Milito llegó a Racing para salir campeón. Los fanáticos de Freud se quedaron sin consejos útiles para enhebrar un buen cuento. Pasaron los domingos y las paredes del consultorio adoptaron forma de red; ahí comprendí que lo dramático no eran los goles recibidos sino la desaparición física del arco de enfrente, que no es más que la pelea por estar cerca del deseo. Milito es esa pelea entre las ganas de justificarse y el vértigo de ir a buscar la goleada. Fueron 19 fechas y 19 sesiones, en donde él y yo lo dejamos todo. Los diagnósticos no escriben palabras superpuestas, Racing sí. Milito corre al último banderín para abrazarse con Centurión y los utileros. Es una mancha azul en la superficie de la luna. 22 veces, 22 tiempos verbales y todos terminados en Dios.

Las charlas con mi terapeuta se intensificaron en diciembre: ¿cómo festeja un hincha de Racing? ¿Se vuelve niño? ¿Rompe el obelisco? ¿Les hace el amor a todos los ángeles a los que se encomendó? ¿Brinda por el bombo que estalló en la frente de Lalin? ¿Grita la palabra “papá”? Los hinchas solo tiran de la cuerda de la recepción: a veces sale una bandera, otras veces una quiebra. La distancia que existe entre Milito y el área chica es la misma que existe entre el sillón mullido y la última caída de la bicicleta. No hay nada más arriba que el grito.

 

  • Estoy preocupado doctor, cuando lo nombro hablo en pasado
  •  Lo que te pasa se llama DUELO. Hace un par de años atendí a un paciente que tenía el mismo problema que vos pero con el hermano, ese que jugaba en Independiente, de central. Después del shock y de la rabia viene la negación.
  • ¿De qué negación habla? Si Milito hay uno solo

 

milito2.jpg

 

Gracias INFOBAE por levantar la nota “Milito hay uno solo”

http://www.infobae.com/2016/05/22/1813405-milito-hay-uno-solo

 

 

El barrio repetido

Monserrat es una viuda de unos sesenta años que pasa toda la tarde del domingo arreglándole botones a la camisa de su hijo, Constitución, drogadicto emancipado con la obra social de la madre, a la que solo visita los lunes para pedirle plata, pero también es un barrio que se repite cada 100 metros, como si perdiese la memoria en cada baldosa floja. Todas sus calles cuentan con los mismos negocios, diferenciados por el verso y el estilo, lo que me lleva a pensar de que el hombre no necesita grandes cosas para vivir: un par de buenos restaurantes para agasajarse después de un feriado trabajado, un lavarrap cercano para terminar el misterio del secarropa y la manguera que no funciona, varias marroquinerias para revertir el aniversario olvidado y un par de heladerías que ofrezcan dulce de leche cada vez que uno pide crema del cielo.

El problema de Monserrat es que sus cafés tienen la misma belleza que Belgrano, su avenida principal: son lugares de onda verde, de paso, sin estado de ánimo. Ni la decoración con helechos que los diferencian de un frigorífico, ni los carteles de neón que reemplazan a los muebles de mimbre, ni las mesas de madera fría que envejecen en cada espera de whisky, ni las sillas con el respaldo vencido y tornillo flojo pueden llevar a uno a pensar que una pausa digna puede llevarse a cabo en lugares como esos. El barrio traza su reputación en torno a Campo di Fiori y Plaza Mayor, dos cocineras petizas enfrentadas en la calle San José que vinieron en el mismo barco pero cada vez que se cruzan en el supermercado no se saludan. Las dos pusieron un lugar de comidas que más tarde pudieron llamar restaurant. Son celosas, suelen estar llenas y ninguna de las dos aumenta sus precios sin pispear la carta de la otra. Son la platea en donde se lava la mugre de los rencores.

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Cuenta con más agencias de loterías que Mar de Ajo, no solo constituyen un lugar para el pálpito y el insulto bajito, sino que también son un buen punto de encuentro ante la ausencia de un club de barrio, ante la falta de cancha de bochas y las cuadras sin naipes. En las agencias se inventan los apodos y se saborea algún chisme con vermut. Existen 2 videoclubs que son como un baño químico pero con VHS del 90 para atrás. Las películas parecen haber sido grabadas en el peor momento de Multicanal y el formato blue ray suena a “viejo trago que inventó algún cliente”.

Casi todas las manzanas están encabezadas por una unidad Básica: el despacho del exiliado Guillermo Moreno, la santería de Ernesto Sanz, el prostíbulo amarillo de Cristian Ritondo, el cuartel de los Tupac Amarú, el kiosco que no vende cigarrillos de Binner, el pozo de petróleo bolivariano de Chávez y la fotocopiadora (casi sin tinta) de La Cámpora. Un puñado de colegios católicos concentran la fe de todo el distrito que no se preocupa por la sombra pagana que hacen los folleteros evangelistas ubicados en Entre Rios y Saenz Peña, tipos que taclean a los peatones para explicarle el significado de la vida y llenarlos de la luz de la paloma leprosa.

El barrio tiene entre sus filas al hotel alojamiento más barato de Capital Federal. Por respeto, nadie lo ha bautizado. Con frente polarizado y puerta molinete, solo se deja ver cartel de hoja A4 escrito con fibra indeleble: “turno, 80 pesos”. Las parejitas acceden a las piezas desde una escalera caracol con un llavero de madera (de esos que otorgan en las posadas de Mina Clavero). Los aires acondicionados están descompuestos. La cama tiene un nylon entre el colchón y las sábanas. No hay libro de quejas, tampoco servicio al cuarto. Para invitar y quedar mal.

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El departamento de policía es una vecina enrejada, paranoica, que pincha todas las pelotas que pasan por encima de su muro por miedo a tentarse y salir con los cortos puestos. Aunque para muchos es un panóptico legal. La gente confía en la guardia uniformada. Los saludan, les convidan cigarrillos, les fían mercadería a cambio de un par de visitas diarias y un par de muecas duras. Todos van a la peluquería de Josè en la calle Venezuela, corte único (el oficial), poca interacción. Coiffeur de Santiago del Estero, baja intensidad de diálogo, cierta nostalgia del pago,  50 pesos con navaja, 70 si además haces barbilla.

Hay más lavaderos que árboles, lo cual hace pensar que hay más plomeros que jardineros y más trenet que oxígeno.
Solo los recién mudados guardan sus “desde”, como aquel anciano que sigue dándole alpiste a un canario que murió hace tiempo. Estar cerca de las cosas les quita sus adentros, los interpela, los hace visibles. El lado oscuro de la fuerza se junta a las doce de la noche, como una secta, cuando salen a pasear al perro. Ahí se encuentran los malos, oficinistas, abogados, porteros, un periodista y hasta un chino, caminando con las bolsas de la mierda de sus mascotas en las manos, respirando hondo como Darth Vader, histéricos pispeando un tacho, portando todos los episodios tristes de su vida a la calle . Por eso Monserrat se repite cada 100 metros y despierta todo el tiempo en el mismo juego de toallas negras.

 

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