El moño de Polino

“Los únicos que no se mojan son los famosos y los hombres de negocios que sacan platea media para ver a Prince”, así empieza “Golden Boys” de Hernán Iglesias Illa para definir la lógica de mercado de los pibes de oro de Wall Street. El glamour de la omnipotencia, la promesa tecnócrata y ese Harvard de pupila que determina hasta la cortesía para pedir las baterías  del auto a tu ex.

Para los que viven a 80 cuadras de la historia, no se puede desinflamar la realidad con un carnet de Blockbuster trucho. No se puede surfear la medianía de las cosas, con un protocolo alquilado. Así es como empieza el delirio.

Lo mejor es tener una idea de causa que le gane a la nuca del adversario.
Un “desde donde” caritativo con tus propios olores.
Empujar 10 conceptos con la frente que van a hacer que en 20, 30 o 50 años se sueñe mejor. Se puede vivir una vida sin girar al spiedo, se puede resistir con ese instinto milenario de reponerse o esas ganas de bajar a snorkearla para salvar el partido.

Tal vez, en la fascinación por encontrar soluciones evitamos a los tipos salientes, esos
que nacieron antes que la licuadora, los que tienen el tacto de mirar con educación y fuego sagrado a la vez: Bayer sigue teniendo el pecho lleno de datos con los expedientes del asesino correcto pero la herencia sigue atacando al moño de Polino. El alemán sigue escribiendo 89 años por segundo, puede con contratapas, gargantas, paredes y mandamientos. Puede, PUEDE: Con la lógica veterinaria: todo tiene pulgas, todo tiene sarna, todo es quirúrgico, pero también todo eso (y al mismo tiempo) es motivo para dejar el altillo y volver a la calle en posición karateca.

En tiempos en donde la memoria es el tiempo que tardamos en omitir los videos de youtube, todo parece indicar que los culpables se divorciaron de las instituciones de poder y habitan en los videos ochentosos de LOS TWIST.

Los francotiradores no habitan en el jopo de De Brito, los espectros no forman parte de los bucles de Beatriz Salomòn, los enemigos no guarecen en los puntajes del jurado ni donde se hornean las medialunas.  Ese no es el ejército del mal, serán una impresora sin tinta y una plancha quemando una camisa havaiana pero nada más. En el peor de los escenarios, el daño irreversible del moño de Polino termina en el buen gusto y más allá de De Brito no hay ningún monstruo que no se pueda construir con un papel glacé metalizado.

Puta lógica sandia, puto postre que se convierte en un arma nuclear.

El mal habita en la puerta falsa,  en creer que la salida de la lentejuela es la ideología que legitima la suma de las partes sin ofrecer nada a cambio. Que llama a todas las almas nobles a quemar el consulado, que prescinde de lo que pasa e invita a tomar la municipalidad mientras no puede justificar su patrimonio, que sentencia al empresario, a internet y a la ganancia a una lista de Schindler de malas palabras que tienen el mismo peso que las chicas Olmedo.  Ese simulacro de autoridad los muestra perfectos, paseando por relatos en donde siempre son los buenos, sin la más mínima generosidad pero expertos en huracanes caribeños, narcotráfico tucumano y votaciones en la ONU; llenos de enemigos abstractos, frivolidades concretas y fusibles a mano: el moño de Polino.

El knockout de los mejores guerreros se lleva consigo la sombra del Leviatan.

Todo lo que no se denuncia deja de existir.

La palabra autorizada va a morir el mismo día que la autoridad real.

Por un Bayer para siempre.

02

Nos vemos ahí

 

 

No recuerdo cuando me dijiste con los ojos que te ibas a morir. ¿Fue cuando la bilirrubina no permitió hacer la última quimioterapia? ¿Fue en la sala de espera mientras llegaban los donantes 0 negativo para la transfusión? ¿Fue cuando decidiste tirar la peluca porque te picaban las cejas? ¿O cuando rezabamos juntos y, pesando 50 kilos, vos seguías pidiendo por la familia?

Tengo miedo de no acordarme de vos sin cancer. Tengo miedo de convertirte en un paciente inmortal esperando que al menos no duela, con el suero colgado entre la lucha y los buenos momentos en donde de esos mismos brazos salía el antídoto para todas las bestias del mundo. Tengo miedo de quedarme con el gusto de comida de hospital en la boca en donde nunca se puede mojar el pancito en el tuco porque en la salsa no hay virus, y si no hay virus la muerte pierde contra el pelotero. Tengo miedo que en la mudanza se me haya olvidado tu voz, por eso pongo solo los primeros 10 minutos del dvd de mis 18 en donde me enseñabas que en la vida hay que tener ganas de saber, no ganas de ganar y que no hay que mirar lo eterno porque siempre hay algo en el fuego. Tengo miedo que se me acaben los dardos tranquilizantes con la nona y un día tenga que mirarla a la cara para decirle que a veces con los recuerdos no alcanza, que si para ella se acabó, yo estoy de acuerdo.

Los monstruos que siempre tiene una cabeza más, que enfrentan las partes del cuerpo que dieron vida con los gajos pendientes de la enredadera, que atacan a los que todavía tienen algo para decir, no pueden vencer al milagro que se traspasa con caricias en la nuca. No tienen ninguna posibilidad, aunque ganen. Por eso te debemos la lealtad de elevarte de la camilla que todo lo come y dejarte libre, en las profundidades de la voluntad, ahí donde los diagnósticos no llegan, en donde los recuerdos que tienen colgadas guirnaldas y gorritos de cumpleaños de 4 son el verdadero último aliento.

6 años después, abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia, con demasiada frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo de la cuerda y necesito reconciliar el ovillo con lo que hay después.

Un abismo.
Un rezo.
Un mañana.

¿Era así, no?. Para que la fe no se convierta en un método, para que siga siendo un don que alguien rebota en algún lugar del rollo que no pudimos revelar, para que nos devuelva los fragmentos y para que el reflejo nos pertenezca (o al menos dibuje tus lunares).

Nunca pude escribirte y nombrarte a la vez. Lo hice desde figuras oníricas mata guerras que rozaban las mejillas de los que no te supieron y el corazón de los que sí, rebuscando la mermelada para darte una posibilidad fuera de los significados paleativos. Pero no puedo despersonificarte ahora, no puedo ni quiero empatarte con los misterios ni los contrasentidos porque nunca se trato ni se va a tratar de ellos.

A veces, la pintura de las anécdotas se descascara y el reservorio de certezas indefectiblemente cae, ¿eras soprano o mezosoprano?, ¿hasta qué año hiciste de italiano?, ¿cómo conociste a papá?, convierten a la tana en la serenidad de una mujer de pueblo de montaña lleno de Landriscinas. Y vos no eras eso. Tenias hormigas antikarmas en el culo, sufrías por lo que no podías cambiar y hacías un conteo tan profundo de la vida que siempre te hizo elegir lo simple.

¿Qué puedo decir de la muerte?
La muerte es injusta. La vida también.

Tal vez, los recuerdos se destiñen a propósito para enseñarnos a volver a buscar los deseos en las velas que se soplan y no las que se lloran.

Nos vemos ahí.

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Bloody Mary

 

Pocos se animan a interpretar a Drácula, eligen los fantasmas más cómodos.
Es más fácil luchar contra los espectros que se dejan vencer por el héroe en la primera escena. Pocos se enfrentan a las cosas que pueden quedarse con su sangre: les rezan, les temen, les ladran, las contienen con prepagas, con gasas, mirando para otro lado, apretando el puño, pensando en la sonrisa de la bioquímica, cambiando de canal.

De manera extraña, cuando no se trata de uno mismo, todos nos quedamos mirando la sangre en la pared, en la alcantarilla, en el piso del baño, o en las vías. Contemplamos como la sierra de la carnicería atraviesa la carne, el lomo, la vaca.

La ilusión de la sangre…una mancha de pintura roja en un cuadro blanco, la gente googlea festivales japoneses en donde los Samuráis rebanan orejas a la velocidad del segundo, otros se jactan de ver películas de “Cine B” por el jugo de tomate.

Se masturban hablando de Tarantino y los hermanos Cohen.

Todo eso es mentira. Hay muy pocas cosas que verbalizan el límite entre lo que es de todos y lo que es uno. La sangre es el final de la historia, pero el principio de la imaginación.

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La sangre de Cristo
El cuerpo de Cristo.
La sangre de Cristo.
El cuerpo de Cristo.

No hay milagro sin sangre, no hay Cristo sin sangre, no hay elegido sin sangre.

Tal vez, sea la sangre la que elije quién tiene la primicia. Tal vez sea la sangre la que elije a un sujeto para avisarle primero que al resto y advertirle en qué lugar va a brotar.
Es esa misma sangre coagulada, que alguna vez advirtió Drácula, la que hoy se convierte en placa.

El pueblo confía en las placas porque son las que están en los análisis más duros.

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Pura Vida. Bloody Mary

 

Los hinchas de Racing no creemos en Freud

  • Bienvenido, contame ¿qué te pasa?
  • Soy hincha de Racing

 

En el 2013 cambie 4 veces de terapeuta pero todas las sesiones tenían el mismo inicio. No era la degeneración del espíritu, ni lo no resuelto, ni lo acumulado en las velas, ni haber salido unos meses con un poster de Beatriz Salomón. No. Mientras el analista de turno quería avanzar sobre el triciclo y los pitucones, todo empezaba y terminaba en Racing como medida de todas las cosas. Así, “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser” se verbalizaba en un centro sin destino de Pillud.

Todos los dramas tenían un número en la espalda que hacía que mi estado de ánimo fuese lo que acontece entre la tabla de posiciones y la próxima fecha. Probé con terapeutas femeninas y me hablaron de Kant y la dignidad, pero solo para consolarme cuando se perdía de local. ¿Cómo explicarle que en el cilindro todo lo que pasa más allá del alma es mentira?, ¿que no hay saber canónico en la palangana de agua caliente en la que se enjuagan las camisetas firmadas? Las charlas terminaban con ataques de pánico y con pedidos desenfrenados de reintegro de la obra social cuando se sugería que la fascinación por los colores tenía que ver con ese olor a metal que tienen las derrotas inexorables. Hubiese preferido que me diagnosticara Edipo para siempre.

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Esos encuentros interminables dejaban siempre una pregunta a la altura del pecho: ¿qué queda para el hincha de Racing si desaparecen las frases? “Tenes que salir campeón, este es el año”, se gritaba en forma de edicto, “este año no me podes fallar”, maldita orden incumplida de un equipo que jugaba como nunca y perdía como siempre.

Al año siguiente la espera terminó, como ese bañero que tiene el record de sacar del mar a 11 ahogados en un sábado de carnaval, Milito llegó a Racing para salir campeón. Los fanáticos de Freud se quedaron sin consejos útiles para enhebrar un buen cuento. Pasaron los domingos y las paredes del consultorio adoptaron forma de red; ahí comprendí que lo dramático no eran los goles recibidos sino la desaparición física del arco de enfrente, que no es más que la pelea por estar cerca del deseo. Milito es esa pelea entre las ganas de justificarse y el vértigo de ir a buscar la goleada. Fueron 19 fechas y 19 sesiones, en donde él y yo lo dejamos todo. Los diagnósticos no escriben palabras superpuestas, Racing sí. Milito corre al último banderín para abrazarse con Centurión y los utileros. Es una mancha azul en la superficie de la luna. 22 veces, 22 tiempos verbales y todos terminados en Dios.

Las charlas con mi terapeuta se intensificaron en diciembre: ¿cómo festeja un hincha de Racing? ¿Se vuelve niño? ¿Rompe el obelisco? ¿Les hace el amor a todos los ángeles a los que se encomendó? ¿Brinda por el bombo que estalló en la frente de Lalin? ¿Grita la palabra “papá”? Los hinchas solo tiran de la cuerda de la recepción: a veces sale una bandera, otras veces una quiebra. La distancia que existe entre Milito y el área chica es la misma que existe entre el sillón mullido y la última caída de la bicicleta. No hay nada más arriba que el grito.

 

  • Estoy preocupado doctor, cuando lo nombro hablo en pasado
  •  Lo que te pasa se llama DUELO. Hace un par de años atendí a un paciente que tenía el mismo problema que vos pero con el hermano, ese que jugaba en Independiente, de central. Después del shock y de la rabia viene la negación.
  • ¿De qué negación habla? Si Milito hay uno solo

 

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Gracias INFOBAE por levantar la nota “Milito hay uno solo”

http://www.infobae.com/2016/05/22/1813405-milito-hay-uno-solo

 

 

El barrio repetido

Monserrat es una viuda de unos sesenta años que pasa toda la tarde del domingo arreglándole botones a la camisa de su hijo, Constitución, drogadicto emancipado con la obra social de la madre, a la que solo visita los lunes para pedirle plata, pero también es un barrio que se repite cada 100 metros, como si perdiese la memoria en cada baldosa floja. Todas sus calles cuentan con los mismos negocios, diferenciados por el verso y el estilo, lo que me lleva a pensar de que el hombre no necesita grandes cosas para vivir: un par de buenos restaurantes para agasajarse después de un feriado trabajado, un lavarrap cercano para terminar el misterio del secarropa y la manguera que no funciona, varias marroquinerias para revertir el aniversario olvidado y un par de heladerías que ofrezcan dulce de leche cada vez que uno pide crema del cielo.

El problema de Monserrat es que sus cafés tienen la misma belleza que Belgrano, su avenida principal: son lugares de onda verde, de paso, sin estado de ánimo. Ni la decoración con helechos que los diferencian de un frigorífico, ni los carteles de neón que reemplazan a los muebles de mimbre, ni las mesas de madera fría que envejecen en cada espera de whisky, ni las sillas con el respaldo vencido y tornillo flojo pueden llevar a uno a pensar que una pausa digna puede llevarse a cabo en lugares como esos. El barrio traza su reputación en torno a Campo di Fiori y Plaza Mayor, dos cocineras petizas enfrentadas en la calle San José que vinieron en el mismo barco pero cada vez que se cruzan en el supermercado no se saludan. Las dos pusieron un lugar de comidas que más tarde pudieron llamar restaurant. Son celosas, suelen estar llenas y ninguna de las dos aumenta sus precios sin pispear la carta de la otra. Son la platea en donde se lava la mugre de los rencores.

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Cuenta con más agencias de loterías que Mar de Ajo, no solo constituyen un lugar para el pálpito y el insulto bajito, sino que también son un buen punto de encuentro ante la ausencia de un club de barrio, ante la falta de cancha de bochas y las cuadras sin naipes. En las agencias se inventan los apodos y se saborea algún chisme con vermut. Existen 2 videoclubs que son como un baño químico pero con VHS del 90 para atrás. Las películas parecen haber sido grabadas en el peor momento de Multicanal y el formato blue ray suena a “viejo trago que inventó algún cliente”.

Casi todas las manzanas están encabezadas por una unidad Básica: el despacho del exiliado Guillermo Moreno, la santería de Ernesto Sanz, el prostíbulo amarillo de Cristian Ritondo, el cuartel de los Tupac Amarú, el kiosco que no vende cigarrillos de Binner, el pozo de petróleo bolivariano de Chávez y la fotocopiadora (casi sin tinta) de La Cámpora. Un puñado de colegios católicos concentran la fe de todo el distrito que no se preocupa por la sombra pagana que hacen los folleteros evangelistas ubicados en Entre Rios y Saenz Peña, tipos que taclean a los peatones para explicarle el significado de la vida y llenarlos de la luz de la paloma leprosa.

El barrio tiene entre sus filas al hotel alojamiento más barato de Capital Federal. Por respeto, nadie lo ha bautizado. Con frente polarizado y puerta molinete, solo se deja ver cartel de hoja A4 escrito con fibra indeleble: “turno, 80 pesos”. Las parejitas acceden a las piezas desde una escalera caracol con un llavero de madera (de esos que otorgan en las posadas de Mina Clavero). Los aires acondicionados están descompuestos. La cama tiene un nylon entre el colchón y las sábanas. No hay libro de quejas, tampoco servicio al cuarto. Para invitar y quedar mal.

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El departamento de policía es una vecina enrejada, paranoica, que pincha todas las pelotas que pasan por encima de su muro por miedo a tentarse y salir con los cortos puestos. Aunque para muchos es un panóptico legal. La gente confía en la guardia uniformada. Los saludan, les convidan cigarrillos, les fían mercadería a cambio de un par de visitas diarias y un par de muecas duras. Todos van a la peluquería de Josè en la calle Venezuela, corte único (el oficial), poca interacción. Coiffeur de Santiago del Estero, baja intensidad de diálogo, cierta nostalgia del pago,  50 pesos con navaja, 70 si además haces barbilla.

Hay más lavaderos que árboles, lo cual hace pensar que hay más plomeros que jardineros y más trenet que oxígeno.
Solo los recién mudados guardan sus “desde”, como aquel anciano que sigue dándole alpiste a un canario que murió hace tiempo. Estar cerca de las cosas les quita sus adentros, los interpela, los hace visibles. El lado oscuro de la fuerza se junta a las doce de la noche, como una secta, cuando salen a pasear al perro. Ahí se encuentran los malos, oficinistas, abogados, porteros, un periodista y hasta un chino, caminando con las bolsas de la mierda de sus mascotas en las manos, respirando hondo como Darth Vader, histéricos pispeando un tacho, portando todos los episodios tristes de su vida a la calle . Por eso Monserrat se repite cada 100 metros y despierta todo el tiempo en el mismo juego de toallas negras.

 

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Los que no se llaman McFly

¿Como se piden las cosas que no están en el menú? ¿quién retrata las elecciones de los tipos que no entraron al restaurante porque no sabían leer la carta? Siempre temí que los signos de puntuación de la historia terminen estando por encima del hombre y sus intenciones. La mitología y las máquinas del tiempo suelen olvidarse de las segundas líneas que otorgan sentido y dimensión a los héroes y protagonizan las gestas que la vidriera roba. Espero que el pueblo siga sin equivocarse, aunque se equivoque todo el tiempo.

Tal vez, los colegios sean a distancia y el olor a recreo y la primera chocolatada solo sea un pasatiempo vintage. No lo sé. Ni siquiera puedo intuir si las grandes proezas van a ser memorizadas por decreto: Pero es necesario que sepan que para que existieran los bustos y cuadros de tipos con botas y piernas cruzadas, hubo patriotas lejos de los despachos y los escritorios de pino, pelearon en un fuentón sin amigos por lo que la modernidad llama “compromisos con lo abstracto”. Por ellos, el pasado tuvo, al menos, un segundo de gloria no colonizada.

martiEn el siglo XXI no abundan los paladines, los dirigentes se debaten entre fiestas con sillas de plástico y vino picado y fiestas a la que nunca te van a invitar, ningún Mc Fly nos salvó del destinó trágico de la patineta con ruedas de gelatina: La Argentina se dirime en un derrame cerebral que se balancea sobre la demagogia liberal, la cruz de la tradición y el libre comercio. Después de 200 años seguimos jurando “por gloria o morir”, sin reparar en la sangre que se derramó para que alguien pueda merecer la vida. ¿Cómo es dormir sobre la alfombra de los que sobrevivieron? ¿La ruta de los muertos sigue siendo de los muertos?, ¿los fantasmas que colgaron de los cables como guirnaldas de casa de pobre siguen estando ahí? ¿Existe un pasado reciente que vigila como el búho que sale de pecho y vuela hacia la camorra? ¿No?

Hubo tipos que soñaron similitudes, los que de antemano, sabían que iban a perder y sin embargo madrugaron, teniendo una vida sin podios llena de filas y carteles de “vuelva mañana”, sin pedestales, sin propiedades, con poca nieve y con mucha humedad, con algunas sobremesas, paredes sin pintar, prepagas mediocres, con los brazos llenos de nafta, tobillos con moretones y pulmones llenos de cáncer, que sufrieron dinosaurios demócratas , dictaduras republicanas, rabia de los tipos que usaron sus pasiones para matarlos en cuotas y la exhumación de los sueños que terminaron siendo piedras: Pero lo intentaron, por falta de hipótesis para el éxito o por amor propio, pero lo intentaron.

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Contarles, que hace mucho tiempo, un genio llamado Enrique Santos Discépolo escribió, “Si la vida es un infierno y el honrado vive entre lagrimas, ¿cuál es el bien?” y que 80 años después, nadie pudo responderle. En abrumadora soledad y ante el abandono de todos, lo único que pueden hacen y podrán hacer es lo que hacen, decir que no a temas menores y aguantar, maldiciendo el frió que entra por la puerta de la estación de servicio mientras 2 medialunas de grasa esperan en la barra.

Espero que se siga leyendo, que las bibliotecas que se desangran como los gajos de una mandarina, tengan su contrapeso necesario en la ilusión de que hay un más allá posible (apto para el que tenga ganas). Los libros son la mejor manera de humillar a la muerte, treparle la nuca y sonreirle de arriba, cada página debe ser un manual que termine en el puesto de panchos, con la experiencia del busca con las manos llenas de mostaza.

Hay muchachos que viven una terrible historia silenciosa, varios se venden o se alquilan, creyendo que la verdad es eso que pasa después de sangrar en los bares; algunos prefieren volverse viejos, mirando el rió sin password, escopeta en mano, mientras caen sobre la única historia que nunca desprecia: la banquina. ESOS TIPOS SOSTIENEN TODO. También hay intensos que están seteados para el riesgo porque para él escalamiento irracional del compromiso está google y los indios que te enseñan a respirar. Los medidos acá no arriesgan, espero que en su tiempo sí.

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Supongo que hay ciertos rituales que no van a resistir una nueva conjugación. Tal vez, siempre nos vaya a deleitar Cannes y esa necesidad de hablar como francés, oler como ingles, cocinar como italiano, pensar como alemán, tomar como un ruso con suerte de español. Pero por favor, siéntanse orgullosos de este país aunque sea uno de los peores alumnos de la clase que se toma el recreo de un solo trago para no respirar, porque no morimos de sed, morimos de miedo. Supongo que dentro de 100 años, la señora de malla entera, que usa antiparras sucias y patalea en el andarivel de la predestinación no juzgue al tipo que no sabe nadar y se llena de morfina, porque la superficie es una casualidad.

Y si les dicen que creer en el país es rebotar contra una pared que no cede ni cederá, contesten que los muros son una soga que une la mirada de la primera novia con los nervios del primer trabajo y la baba del primer hijo y que participar es una manera más de hacernos el amor. No es una patriada, nos vamos muriendo y todavía debatimos si la tolerancia es dejar de pensar que el otro es un simio subnormal o callarse esa verdad, pero esa coyuntura no puede sobrevivir. Se puede vivir para ser “bueno”, “inocente” y “heroico” o se puede vivir para crecer.

marti2Nunca pretendí que la botella de vino vacía con los mensajes de la infancia termine llegando a la mesa de luz de Julio Verne. La ola rompió y no ganaron los nerds ni los fóbicos ni él verano del amor, ganó la guita. Algo me dice que desde siempre supimos que todo iba a quedar en manos de un viejo borracho, sin rumbo, lejos de las lotería, que no se anima a viajar en el tiempo, sin nada, algo rengo, zigzagueando de regreso a Dios, que le muestra mi rostro.

(Tal vez ahí las cosas -me – salgan bien)

 

 

 

 

El Fausto posible

El mundo es una cabaña llena de boy scouts sin juegos de mesa en un día de lluvia. Con la necesidad de dividirse las tareas para salvarse del reflejo del cielo en el mástil, los ingleses hacen música con objetos robados, los argentinos aguardan en la cocina a la espera de que alguien pida un trago, los yanquis empiezan a escribir en un cuaderno gloria prestado, y los alemanes a pensar: piensan, piensan y piensan en una felicidad epiléptica que ahuyente al Hansel con rostro diabólico que esconden detrás de los ojos. Piensan, piensan, mientras invocan a ese vampiro que habita en una bolsa de cal, donde duermen los perfectos.

El aeropuerto de Frankfurt es un manicomio de 6 pisos con rubias en pose. Ampuloso, lleno de casas de cambio, carteles de neón, cintas transportadoras kilométricas y direcciones flúor que conducen a otras direcciones. Todo en esta ciudad está en proceso de remodelación. La10314677_10152583009233748_4054132844915826186_n.jpg banda de sonido de Frankfurt son los martillazos que impactan sobre los ladrillos del muro que viene, las palas preparando las mezclas para un nuevo banco, el olor a resina y a estaño que sale de las alcantarillas y las chispas de las soldaduras que bloquean el contacto directo con el último piso. Las veredas están atravesadas por mamparas que obligan a caminar en fila una ciudad igual de veloz por tierra, por aire y por agua.

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“Todo hombre que no trabaja en la oscuridad está enfermo, las personas sin traumas no sobreviven al ruido de la primera detonación” decía Hemingway sobre los alemanes. Le temen a los excesos de la ideología, le temen a los sobresaltos de mala conciencia, le temen a que los impulsos salgan caros y a los hombres que ya han sido asesinados. Temen, por eso son invencibles.

El tren a Berlín es una asociación de psicópatas que comercializan pieles con Goethe en la mochila a todo volumen, todo el tiempo. Con vagones con catálogos que glorifican a personajes que no participaron de su época, hazañas de antepasados que llegan a las conversaciones cuando alguien aplasta el cigarrillo en el cenicero, grandes genios que vivieron refugiados en altillos incomprendidos, esperando que la posteridad llegue y orine la sopa del hijo de puta que les bajo el pulgar.

Pero Berlín también es la denuncia del “veo veo”, es la ciudad que evidencia que las apreciaciones cartográficas son moretones no asumidos. Nadie puede ser tan idiota de cruzar un océano para tener razón. No se puede ser ese oficinista que visita el zoológico una vez por año y piensa que entiende el dolor del mono, es tentador el recelo, pero la forma ideal para fallar es la conjetura: fallar al pensar que si una nación se olvida de reír se transforma en penitencia, fallar al creer que si Berlín no fulmina a sus espíritus les da vía libre para matar, fallar al deducir que siempre tiene que haber reventados, que un lugar que no exhibe sus miserias es de mentira, que los pobres que no se arrastran por el suelo, se esconden debajo de un polígono de tiro.

AVENTURA2

Alemania aprendió de su historia, no de su memoria ni de su papada, por eso vuelve de todas sus cacerías, sea el ciervo o el cazador. Fue el Fausto, fue el nudo, fue la soga, fue el verdugo y el niño que cerraba los ojos para no ver como decapitaban a su padre, fue la lluvia ácida, fue el que abrió la cámara de gas, el que murió en Moscú y el judío del gueto que pesaba 20 kilos y aplaudía con una sola mano porque no tenía fuerza para levantar las dos.
Todos los actores juntos y a la vez en todas las sílabas.
El horno y el jardín.
Por eso le es fácil reconciliarse con las cosas. No hay engrudo.
Por eso es el único en toda la cabaña que tiene mitología de lluvia.